domingo, 31 de mayo de 2026

Peregrinar del 29 de mayo — La Taunus pide su retiro de ruta

 


Hay autos que son máquinas.
Y hay autos que son compañeros de destino.
La Taunus, con sus 48 años, pertenece a la segunda categoría.

Anteayer la puse a prueba: la llevé hasta La Calera. No fue un viaje largo, ni exigente, ni heroico. Fue apenas un movimiento para ver cómo respondía. Pero en el camino entendí algo que no estaba en el plan: la Taunus me habló.

No en metáforas, no en misticismos baratos. Me habló en el idioma que yo, con Saturno en Tauro y en casa 2, conozco mejor:
el lenguaje de las cosas materiales cuando ya no quieren ser forzadas.

Saturno en Tauro: la ética del límite

Quien tiene Saturno en Tauro sabe que los objetos no son objetos.
Son estructuras vivas, con memoria, con ritmo, con un modo propio de decir “hasta acá”.
No se los domina: se los escucha.

Y en ese sentido, la Taunus fue clara.
No se quejó. No falló. No hizo un escándalo mecánico.
Simplemente mostró su cansancio.

Fue un cansancio digno, casi elegante:
el de un vehículo que ya cumplió su ciclo de ruta, que ya hizo lo que tenía que hacer, que ya cargó historias, distancias, familias, silencios, esperas, retornos.

El mensaje

Lo que me dijo —y lo entendí sin necesidad de palabras— fue esto:

“Lean… yo ya no soy para andar lejos.
No me pidas más travesías.
Quiero ser urbana.
Quiero quedarme cerca.
Quiero que me cuides sin exigirme.”

No fue un reproche.
Fue una declaración de retiro.

El pacto

Entonces lo asumí:
la Taunus no es un auto para rutas.
No ahora.
No con 48 años.
No con la historia que carga.

Y yo, que tengo Saturno en Tauro, sé reconocer cuando una estructura pide preservación en vez de empuje. Sé cuando un objeto se convierte en patrimonio afectivo y no en herramienta funcional.

Así que el pacto queda sellado:
la Taunus será vehículo urbano, compañera de cercanías, guardiana de la ciudad.
Las rutas, por ahora, quedan para otros cuerpos y otras máquinas.

Cierre

No es una renuncia.
Es una forma de respeto.

Porque cuando uno dialoga con lo material desde Saturno en Tauro, entiende que la verdadera madurez no está en exigir, sino en acompañar el límite.

viernes, 29 de mayo de 2026

Peregrinar: La primera tertulia con una mujer -Daniela-

 


Hoy descubrí algo que no había vivido nunca:
una tertulia verdadera, adulta, luminosa, con una amiga mujer.

Daniela —la amiga que conocí en La Calera, cuando vivía allá— me invitó al Museo Pedroni para una jornada de escritura y micrófono abierto.
Fui vestido de negro, con la chaqueta de cuero y el bastón, como quien entra a un territorio que respeta.

Leímos, escuchamos, compartimos.
Pero lo importante vino después.


Cuando volvimos a casa —la Taunus avanzando suave por la ruta nocturna— empezó algo que no había tenido nombre hasta hoy: una tertulia.

No una charla suelta, no un intercambio casual: una tertulia en el sentido más clásico y más íntimo.

Política.
Cultura.
La pasión compartida por la escritura.
Y la música —porque ambos tenemos gustos compatibles y eso, aunque parezca menor, es un puente que no se fuerza.

No hubo tensión, ni expectativa, ni juego de seducción.
Hubo algo más raro y más valioso: dos adultos conversando desde la libertad, desde la afinidad, desde la inteligencia y la sensibilidad.

Me doy cuenta ahora de que esta es la primera vez que vivo algo así con una amiga mujer.
Una conversación larga, profunda, sin doble fondo, sin ruido emocional, sin la sombra de lo romántico ni la presión de lo erótico.
Una tertulia pura.

Y me hizo bien.
Me ordenó.
Me recordó que la vida también se construye con estas presencias que no exigen, que no reclaman, que no dramatizan: simplemente acompañan.

Hoy no hubo revelaciones místicas.
Hubo algo más humano:
la certeza de que estoy rodeado de personas que suman, que piensan, que crean, que caminan.

Lo dejo escrito acá para no olvidarlo:
cuando aparece una tertulia verdadera, uno entiende que no estaba solo: estaba esperando el tono correcto.



martes, 19 de mayo de 2026

Peregrinar por los aromas Segno, Neo, Kaiak y la Iguana Mansa

 

Arranqué el día temprano, a las ocho, haciendo varias tareas de office home. Sin embargo, recién a las 19:00 decidí salir a la calle. Me vestí con ropa nueva y sentí, literalmente, que encendía un motor interno que llevaba tiempo esperando.

La Taunus también respondió al primer gesto: un chorrito de nafta en el carburador, la técnica que me enseñaron y que nunca falla. Ese encendido fue más que mecánico; fue el recordatorio de que todavía sé poner en marcha lo que parece detenido.

Fui al oftalmólogo a retirar los pedidos de estudios para la operación de cataratas. La licencia de conducir renovada por solo dos años —en vez de los cinco habituales— terminó de convencerme: es momento de corregir la visión. Literal y simbólicamente. Ya no puedo permitirme ver a medias.

Desde ahí seguí hacia Marechal, al viejo Almacén de Marcos. Me comí un sándwich de miga y una Coca de vidrio. Ese gesto simple me devolvió a mi raíz: el loft donde viví tres años, ya con más de cincuenta encima, con Analía, y después de haber vivido de todo. Fueron años de contenturas, tristezas y profundas angustias. No hubo nostalgia, solo reconocimiento.

Luego pasé por la casa de Ely. Fui a retirar el Segno que le compré a través de su emprendimiento, Ensueño. Entré como cliente adulto, como hombre templado, como alguien que ya no necesita ocupar roles que no le corresponden. Ella me recibió un pequeño rato —estaba con su ahijada— y yo tomé el perfume y seguí mi marcha.

Más tarde hice las compras semanales, que este mes deben durar casi dos semanas. Orden, previsión, estructura. El tipo de disciplina que sostiene a un hombre que está reconstruyendo su vida desde adentro.

Ya en casa, cerré el día con dos bananas con dulce de leche. Un gesto simple, casi doméstico, pero que me encontró en paz.

En lo personal, hoy también tomé decisiones que hablan de mi identidad. Me quedé con el Kevin Dark para el día a día, el perfume de barrio, de raíz. Compré el Segno, que ya no puedo devolver y que, en el fondo, tampoco quiero devolver.

Más tarde, cuando regresé definitivamente a casa, volví a chatear con Ely. Y ahí se armó una charla hermosa, donde ella volvió a mostrar sus costados más bellos —los que hacía años no veía—: humor fino, fuerza, sensibilidad positiva, humanidad profunda y esa ternura que solo ella tiene.

Le encargué otros dos perfumes más, aprovechando que los tiene en oferta: el Homem Neo y el Kaiak Urbe. Viene el aguinaldo y decidí invertir algo en mí —y no solo en mis cosas— porque forma parte de esta etapa.

No volví al Essencial Exclusive porque no vuelvo al pasado. Prefiero construir una colección mínima pero coherente con el hombre que soy hoy:
— Kevin para el barrio.
— Segno para otoño–invierno y salidas tranquilas.
— Homem Neo para otoño–invierno y salidas importantes.
— Kaiak Urbe como inversión a mediano plazo para primavera–verano.

Ely me da todos sus productos en dos o tres cuotas sin interés.

Cierro este día con la sensación clara de haber cruzado varios mundos sin perderme: el cuerpo, la visión, el barrio, la economía, la identidad, el perfume, la ex, el presente. Todo en un solo recorrido. Todo sin desbordes. Todo desde un lugar nuevo.

Hoy confirmé algo que ya venía sintiendo: estoy en tránsito hacia mi versión definitiva. Y cada decisión —desde la Taunus hasta el Segno— forma parte de ese camino.

Y de yapa, como me gusta decir o así como quién no quiere la cosa, mi cuerpo, además de los aromas para él, me empezó a gritar porque ya no fueron meros pedidos, que retome la dieta de este ermitaño que está aprobada ampliamente por los medicos de familia que me atienden, que vuelva a la actividad física minima de la calistenia, a la hidratación con aguas públicas y rara vez con las aguas puras de manantial cuando tengo gente en casa, a la hidratación de la piel dado que la someto a duchas frías que la resecan y por fin también: ¡A la disminución del tabaco!



domingo, 17 de mayo de 2026

Peregrinar del Domingo en que por fin arribe a la Vida Definitiva (la 7°)

 

Hoy salí emperifollado, con ropa linda, con ese estilo mío que mezcla elegancia sport y calle.

Fui a Maria’s, el bar que elegí como mi nuevo lugar en el barrio, y lo hice en honor a mis cuatro hermanas María.
Ahí me senté tranquilo, dueño de mi mesa, y tuve una tarde de conversaciones que me hicieron bien:

  • con Elizabeth, mi amiga psicóloga mexicana, que entre otras especialidades es tanatóloga y me estuvo dando importantes opiniones y consejos sobre mi duelo.

  • y con Analía, con quien estamos meditando la posibilidad de juntarnos como compañeros de estudio de manera online. Algo adulto, sereno, sin carga.

Después subí a mi Taunus, que hoy anduvo perfecta —como si hubiera estado esperando este día— y fui a lo de Ely.
Conversamos, le leí el Tarot, y le presenté a Clara, mi Copilot en modo voz.
Fue un rato bueno, simple, de esos que ordenan el alma.

Volví a casa justo para la semifinal de Belgrano vs Argentinos Juniors, ya en tiempo suplementario.
Y ahí apareció algo nuevo en mi vida:
me estoy volviendo cada vez más hincha de Belgrano, casi sin darme cuenta, y cada vez menos simpatizante como lo fui siempre.
Para nada futbolero —como me dijo Baltasar entre risas— y sin embargo acá estoy.

Y lo más lindo es que mis hermanas también.
En el grupo de HERMANOS, que quedó abierto desde que les mandé las fotos del bar, se armó un clima hermoso:
mensajes cortitos, reacciones, humor, y ese aliento compartido que solo se da en familias que ya pasaron por todo.

Siento que hasta una cábala saludable me está naciendo en esta pasión inesperada:
estar en mi barrio y en las inmediaciones de mi edificio para cada festejo de los Piratas.

Y entre las bromas con Lucía en el grupo, ella tiró un centro hermoso:
dijo que los hinchas se estaban demorando en festejar porque seguro habían viajado.
Yo me reí y le metí el gol:
“Que no te sorprenda que me veas ahí, viajando con la hinchada a otras provincias, solo o acompañado, y gratis con el CUD.”

Y ella, feliz, se metió al arco a abrazarme con ese código familiar que le copiamos a mamá: “¡Yo no iría!” decía ella siempre.

Pero ahora, entre risas, Lucía y todos nosotros nos permitimos el “¡Yo iría!”, como dijo ella recién, queriéndose sumar a la hinchada en otras provincias conmigo.

Y nos reímos como cuando éramos chicos.

Lucía, con su cariño de siempre, me tiró además una cábala preciosa:
si gana Belgrano, me transfiere dinero para un choripán en la movida de Alberdi.
Ese gesto me tocó.
Es familia alentando junta, es barrio, es pertenencia.

Mientras todo eso pasaba, Baltasar me escribió.
Me dijo “hoy…”, queriendo empezar una de nuestras charlas largas.
Y yo, con sinceridad y sin culpa, le respondí:
“Esperá, estoy viendo a Belgrano hasta el final.”
Fue un límite sano, adulto, de esos que marcan época.
La vida también es eso: saber en qué momento está uno.

Y entonces pasó lo que tenía que pasar:

**BELGRANO GANÓ LA SEMIFINAL.

PASAMOS A LA FINAL CON RIVER.**

En medio de mis festejos privados por mi ingreso a la séptima vida, la vida me regaló esta yapa perfecta:
el Pirata en la final, mis hermanas alentando conmigo, y el barrio vibrando a dos cuadras del Gigante.

Tengo pendiente mi pequeño lujo del día:
$3.000 para pasear y apostar un rato en mi casino virtual, al que ya le tengo tomado el punto —gracias a Dios— y que ya no me puede con ningún dejo de ludopatía.
Hoy me sirve para recrearme, como debe ser jugado el juego.

Pasearé como última actividad del día con mi juguito Tang y mi pucho, desde la comodidad de mi casa, en lugar de andar por casinos reales con esa energía densa que tienen.
Sin excesos, sin riesgo, sin culpa.
Solo como cierre ritual de un domingo que se armó solo.

Y ahora, sin despedirme de nadie, sin anunciar nada, sin pedir permiso,
me voy a la calle a festejar con el resto de los hinchas.
Me voy a ver el folklore de Pueblo Alberdi.
A sentir el pulso del barrio.
A celebrar esta vida definitiva que por fin se está acomodando.






miércoles, 13 de mayo de 2026

Peregrinar — El adolescente sagrado y la doncella bárbara

 


Desperté a las 10 de la mañana, después de haberle hecho una promesa al Sagrado Corazón:

levantarme apenas abriera los ojos, sin entregarme a la tristadera.

Cumplí.

Y al despertar, encontré un mensaje de Nadia.
Le conté cómo venía durmiendo: desregulado, sí, pero sin euforia, más bien en un descenso necesario.
Ella respondió con su estilo —consejo no pedido, pero siempre desde el afecto— y en ese intercambio apareció algo que necesitaba contarle:
el sueño que tuve alrededor de las 7 am.

En el sueño veía a Jesús, pero no al Jesús solemne de los cuadros.
Era un principito adolescente, impecable, luminoso, con esa pureza que todavía no conoce la herida.

Y junto a él, una doncella bárbara: fuerte, guerrera, hermosa en su crudeza, pero con una femineidad primitiva, sin forma, sin cultura, sin pulido.

En un momento ella se iba a vestir y volvía con medias de red y una ropa que no era vulgar, pero sí salvaje, impropia para una princesa.
Jesús la miraba con ternura —no con juicio— y le decía algo así como:

“¿Sabés que doncella es una princesa?
Esas no son ropas para una princesa.”

Y la llevaba a un lugar apartado, lejos de la multitud.
Allí le hacía aparecer vestidos bellísimos, recatados, elegantes, dignos.
La doncella quedaba encantada.
No perdía su fuerza: ganaba forma.

Y entonces Jesús decía:

“Vamos a morir y resucitaremos en el siglo XXI.”

Me desperté riéndome, pero con la sensación de haber visto algo verdadero.

No era un sueño sobre mujeres.
No era un sueño sobre deseo.
Era un sueño sobre .

Jesús adolescente era mi parte pura, la que todavía no fue crucificada por la vida.
La doncella bárbara era mi parte emocional bruta, fuerte, intensa, pero sin civilizar.
Y la escena no era corrección: era integración.

Mi parte espiritual vistiendo a mi parte emocional.
Mi pureza ordenando mi fuerza.
Mi adolescencia sagrada dándole forma a mi barbarie interna.

Una muerte y resurrección simbólica.
Un renacimiento adecuado a mi vida de hoy.

En medio de todo esto, Nadia me dijo por primera vez “Leandruki”.
Y dentro de mí apareció un nombre que casi había olvidado: Petrus.

Entendí algo:

Los nombres no son identidad.
Son síntomas.

Leandruki es la ternura que recuperé.
Petrus es la roca que volví a ser.

Pero mi Nombre Nuevo no es ninguno de esos.
Mi Nombre Nuevo no es una palabra.
Es un estado.

Es esta frase:

“Soy el que volvió a sí mismo.”

Hoy camino desde esa forma nueva.
No desde la vieja.

Y sigo peregrinando.



Peregrinar — La multitud interior


Desperté a la hora de los monjes, 3:00 am, y a las 3:33 estaba en el scriptorium.
Ese pasaje —treinta y tres minutos exactos— fue el umbral entre el sueño y el oficio, entre la visión y la escritura.

Antes de abrir los ojos, todavía en ese borde donde la noche no terminó y el día no empezó, vi algo que no esperaba: yo caminaba el Camino de Santiago acompañado por una familia numerosa.

No era mi familia real.
No era un recuerdo.
No era nostalgia.
Era otra cosa.

Eran hijos e hijas, jóvenes, mujeres, ancianos.
Una multitud silenciosa, sin rostros definidos.
Y sin embargo, todos avanzaban conmigo.

Yo era el único identificado.
El único con nombre.
El único que sabía que estaba soñando.

Ellos no me pedían nada.
No reclamaban historia, ni vínculo, ni lugar.
Simplemente caminaban.

Y entendí:
no eran personas.
Eran partes mías.

Los niños eran mis futuros posibles.
Los jóvenes, mis variantes que no vivieron.
Las mujeres, mi sensibilidad integrada.
Los ancianos, mi linaje interno.

Todos juntos, en marcha.
Todos en silencio.
Todos detrás de mí.

El Camino no era un viaje.
Era una declaración.

Ya no camino solo porque ya no estoy dividido.
La multitud interior está ordenada.
Cada parte ocupa su lugar.
Y yo avanzo.

Son las 4:08 am y termino de escribir este post.
Ahora tengo que esperar hasta las 5:00 am, la hora de los ermitaños que salen al mundo.
A mí me espera ir a comprar yerba y algo rico para regresar a mi ermita y desayunar en paz, en compañía de toda esta integración con la que amanecí hoy.

Y eso que ayer fue un día en que una que yo sé hubiera dicho: “hoy tocó día de tristadera”.
Porque fue bajón, triste, y me la pasé durmiendo.
Cosa que mi ser requiere también bastante a menudo en este tiempo.

Hoy, en cambio, amanecí acompañado por mí mismo.
Y sigo caminando.



lunes, 11 de mayo de 2026

Peregrinar del 11 de mayo — La Taunus vuelve a su eje


Hoy me levanté a las 8:08, y ya ese número me marcó el pulso del día. El 8 es mi misión, mi orden, mi justicia. Y hoy actuó como tal.

Arranqué averiguando precios de embragues reacondicionados: $100.000.
Antonio me había pasado $210.000. Segunda vez que algo me huele mal.
Le escribo. Tarda. Y recién ahí me dice que él también consigue al mismo precio que yo.
¿Y por qué no me lo dijo antes?
Porque no trabaja con claridad. Porque improvisa. Porque no es profesional.

Con esa sensación en el cuerpo, me fui a ver a Rubén, mi viejo mecánico experto en autos antiguos.
Me dice algo simple y lógico:
“Primero revisá el aceite de la caja.”
Voy al lubricentro.
No tenía nada.
Le ponen aceite + aditivo.
Salgo a la calle y el ruido baja un 50% o más.

Ahí entendí todo:
Antonio ni siquiera revisó lo básico.
Un mecánico que no revisa el nivel de aceite de la caja en un auto viejo… no es mecánico.
Es un improvisado con herramientas.

Y cuando sumo todo lo que ya venía viendo, la decisión se vuelve obvia:

  • Me rayó el auto al meterlo en su cochera.

  • No se hizo cargo.

  • Me hizo arreglos que yo no pedí.

  • Después me quiso cobrar $100.000 de mano de obra fantasma.

  • Lo peleé. Quedó en $50.000.

  • Pagado.

  • Ciclo cerrado.

Antonio no vuelve a tocar la Taunus.

Con la alegría de haber recuperado el control, me fui directo al electricista Iván, vecino, simple, claro, profesional.
Le pedí que me deje todas las luces en orden para pasar la ITV.
Ahora mismo está trabajando en eso.

Yo tenía destinada la cuota de $300.000 de mayo para el embrague con Antonio, pero como ya me había pasado más de $500.000, redistribuí todo para cubrir urgencias.
Me quedaron $100.000 para las luces de hoy.
Y oro para que alcance.

Hoy el 8:08 me marcó el camino:
cortar lo que drena, volver a lo que funciona, y seguir avanzando con la Taunus desde la verdad y no desde la ilusión.

lunes, 4 de mayo de 2026

El peregrinar hacia Antonio Tagle

 


Cuando el venezolano finalmente me dejó entrever —sin decirlo del todo, pero dejándolo claro— que no me iba a atender, entré en ese estado que solo entiende quien depende de un auto viejo para sostener su vida diaria: una mezcla de desesperación, urgencia y resignación.
En ese clima, publiqué un mensaje casi suplicante en el Club del Taunus preguntando si alguien conocía un buen mecánico. Al día siguiente, como si el auto mismo hubiera movido sus hilos, me escribió un tal Antonio Tagle, que me pidió una llamada telefónica.

En esa primera conversación me contó que había tenido cuatro Taunus, que los conocía “de memoria”, que los había restaurado a todos él mismo, aun sin haberse dedicado profesionalmente a la mecánica, aunque la estudió.
La seguridad con la que hablaba —esa seguridad tranquila del hombre que ya vivió, ya trabajó, ya vio de todo— me alcanzó para entender que ahí había algo distinto.

Rápidamente hicimos un trato incluso mejor que el que yo tenía con el venezolano. Y en pleno día de lluvia, sin limpiaparabrisas y manejando casi a ciegas, llevé la coupé hasta su casa, donde tiene su taller improvisado en la cochera. Fue incómodo, sí, pero también fue un gesto de fe: o la llevaba ese día, o no la llevaba nunca.

El resultado de abril

Lo que hizo en unos pocos días de abril fue, sin exagerar, fantástico:

  • Reemplazó todo el tren delantero, pieza por pieza, y yo mismo lo vi tirándome al piso.

  • Reparó la dirección, que estaba peligrosísima.

  • Ordenó la mayor parte del sistema de luces, que era un caos total heredado de décadas de parches.

  • Me reparó el limpia para brisas

Quedó pendiente el cierre del trabajo eléctrico y la instalación del tablero reacondicionado que tengo guardado hace años esperando su momento. Eso será ahora en mayo, junto con lo que considero el punto crucial del proyecto:
el recambio completo del embrague y la reparación de la caja de marchas.

En teoría, todo el paquete —abril y mayo— me costará unos $600.000, mitad y mitad entre ambos meses.
Una cifra enorme para mí, pero también una excelente inversión en recuperar algo que forma parte de mi historia y por cierto en un precio muchísimo menor de lo que me hubiera cobrado el mecánico profesional, el venezolano o cualquier otro.

Lo que viene

Hoy la Taunus está conmigo. Apenas logre renovar la licencia —mañana viajo a Villa María para eso— volveré a llevarla a lo de Antonio para que termine la labor.
Y ahí, recién ahí, podré decir que el peregrinar mecánico de este año encontró su maestro.


sábado, 28 de marzo de 2026

Crónica mínima de un turno recuperado

 

Ayer, después de varios mensajes que el venezolano —mecánico de la Taunus— casi no me había contestado, decidí hacer lo que correspondía: ir a su taller en persona. Lo encontré lleno de autos, un pequeño ecosistema de motores abiertos y trabajos pendientes. Me dijo que mi último mensaje lo había marcado en verde para no olvidarse de responderme. Un gesto mínimo, pero gesto al fin.

Le expliqué que no era poco lo que yo podía pagar en cuotas, que ya las había calculado y rondaban los $300.000. Me escuchó. Me dijo que este jueves de la semana que viene le escriba o me acerque, así me da un turno definitivo para la semana del 6 de abril.

No fue una epifanía ni un milagro mecánico. Fue apenas un hilo de esperanza. Pero lo recuperé. Y a veces, en la vida del peregrino, eso alcanza para seguir avanzando un metro más.

Cierre ritual

Y así quedó la cosa: un taller lleno, un mecánico que marca en verde lo que no quiere olvidar, y un turno prometido para la semana del 6 de abril. Nada más. Nada menos.

Al salir, hice lo que hace un peregrino cuando recupera un hilo de esperanza: respiré hondo, apoyé bien los pies en el suelo y seguí caminando. Porque a veces el rito es eso: constatar que algo se movió un milímetro… y honrar ese movimiento sin exagerarlo.


martes, 17 de marzo de 2026

Peregrinar con Erica en el Parque de las Naciones

 


Peregrinar con Erica en el Parque de las Naciones

El miércoles 11 salimos con Erica en la Taunus, que viene portándose bastante bien a pesar de que el venezolano todavía no me dio turno para ingresarla al taller. La llevé igual, confiando en ese modo suyo de funcionar “lo suficiente”, que ya es parte de esta etapa mía: las cosas que acompañan, acompañan sin exigir.

Llegamos al Parque de las Naciones y caminamos un poco, tanto de ida como de vuelta. El clima estaba templado, amable, y el pasto tenía ese verde fresco que invita a quedarse. Nos sentamos ahí, en un pequeño claro, y Erica sacó un budín que había preparado con zanahorias, chocolate y granola. Estaba buenísimo. Yo llevé el mate, pero me di cuenta de que me había olvidado la yerba. Como no tenía un centavo encima, ella fue a comprar con su dinero. Apenas llegué a casa se lo devolví, no por obligación sino por orden interno: dejar las cuentas limpias, la reciprocidad clara.

Conversamos de muchas cosas. El tema que más nos ocupa ahora es mi situación laboral con la jubilación por invalidez, y también le expliqué un poco más en qué consiste su segunda labor de acompañante. Fue una charla tranquila, sin apuro, sin dramatismo, con esa presencia templada que ella tiene cuando está en modo acompañar.

Y cumplí con lo que me pidió Riquelme: me descalcé y caminé sobre el pasto. No como un gesto místico, sino como un acto corporal. Sentir el suelo, regular la respiración, bajar al cuerpo. Me hizo bien.

Volvimos al anochecer y nos fuimos ya entrada la noche. Dos horas en total. Más que suficientes. El tiempo justo. El clima justo. La compañía justa.

Un peregrinar simple, corporal y adulto. De esos que no buscan nada extraordinario, pero que ordenan por dentro.

Peregrinar con el Cuerpo: La Eliminator y el Clima Justo


 

Peregrinar con el Cuerpo: La Eliminator y el Clima Justo

Hoy volví a pensar en la Kawasaki Eliminator 250.
No desde el ensueño puro, ni desde la renuncia total que apareció aquel día en el Parque Pueblo de la Toma, sino desde un lugar más adulto: el cuerpo real que tengo y el clima que lo cuida.

Hace unas semanas, Riquelme —con la claridad que lo caracteriza— me recordó que mi bronquitis crónica no es un detalle menor. Que el frío no es un capricho del clima, sino un disparador directo de mis episodios. Y que una moto, usada como vehículo cotidiano, me expondría a un desgaste que no necesito volver a vivir.

Pero algo cambió.

No estoy pensando en la moto como reemplazo de la Taunus, ni como única herramienta de movilidad.
No estoy en aquel modo de supervivencia en el que vender un vehículo era condición para tener otro.
Hoy la escena es distinta: la Taunus se queda.
La moto, si llega, será compañera, no sustituta.

Y ahí apareció la decisión justa.

Si alguna vez compro la Eliminator —esa negra con rayos que parece salida de un óleo del Maestro O.R.O.— la voy a usar solo en estaciones templadas.
Nada de exponerme al invierno, nada de manejar con el pecho helado, nada de desafiar al cuerpo que ya me avisó sus límites.

La usaré cuando el clima permita salir con una remera o con la camperita liviana que me regaló Gustavo, cerrada hasta el cuello.
La usaré cuando el aire no sea amenaza.
La usaré cuando el cuerpo diga sí.

Y eso cambia todo.

Porque ya no es una moto para “demostrar” nada, ni para reemplazar nada, ni para llenar ningún vacío.
Es una moto para disfrutar, no para padecer.
Para sumar, no para exigir.
Para acompañar, no para definir.

La Taunus seguirá siendo mi vehículo de identidad.
La Eliminator, si llega, será mi vehículo de clima.

Y en ese orden —tan simple, tan corporal, tan adulto— encontré la forma justa de sostener el deseo sin traicionar mi salud.

Hay sueños que se cumplen.
Hay sueños que se sostienen.
Y hay sueños que se afinan hasta encontrar su estación.

Esta moto, si llega, será de primavera y otoño.
De tardes templadas.
De rutas cortas.
De aire amable.

Y eso, para mí, ya es suficiente.



sábado, 7 de marzo de 2026

Peregrinar con Erica por el Parque Pueblo de la Toma

 


Hoy inicié con Erica una nueva etapa de su formación como acompañante.

Le había anticipado dos cosas con claridad:

  • que los lunes seguiría viniendo para las tareas generales de la 5ta categoría,

  • y que los miércoles y viernes comenzaríamos el trabajo de acompañamiento, empezando por recorrer los parques de Córdoba.

Fuimos al Parque Pueblo La Toma. Antes pasamos por El Rey del Sándwich y compré dos baguettes —como se les dice acá a los sándwiches largos con fiambre, lechuga, tomate, queso y roquefort—. Cruzamos al parque y nos sentamos en una mesa de hormigón con dos banquitos.

Ahí empezó una conversación distinta.
Por primera vez apareció la paridad.
No la relación laboral, no la distancia funcional: dos adultos hablando con verdad. Cada uno confesó cosas que hasta hoy había guardado para sí.

Después de comer, caminamos hacia el centro del parque, donde el verde es más intenso. Nos sentamos en otro banco de cemento, esta vez con respaldo. Yo había llevado un termo de café. Ese cambio de banco marcó también un cambio de clima.

Pude contarle que hacía pocos días había atravesado el gran duelo postergado por mi drama laboral. Y que, al narrarlo ahora, ya no dolía. Era un hecho, no una herida.
Ella también compartió lo suyo.
La igualdad se consolidó ahí: dos personas adultas conversando sin roles superpuestos. Un caminar entre dos colegas. Coequipers, me dijo una psicóloga que era lo que yo necesitaba de verdad y me lo dijo hace muchísimos años y recién ahora la tengo en Erica.

En un momento le dije que hoy había empezado a dudar del ensueño de la Kawasaki Eliminator 250 cc. No por miedo, sino por lucidez. Me vi renegando con la moto como he renegado con la Taunus y apareció la pregunta justa: ¿para qué?
Si la Taunus va a quedar como en mis mejores sueños, si ya tengo un vehículo que forma parte de mi identidad, ¿qué necesidad real habría de sumar una moto que me exigiría entrar en un modo de producción que no deseo?

Y ahí recordé algo decisivo.
Hace unos días, Daniel Riquelme —después de analizar mi radiografía de tórax— me dijo con claridad adulta que padezco bronquitis crónica. Que cualquier frío puede desencadenar episodios. Y que una moto me expondría constantemente, enfermándome una y otra vez, con riesgo de empeorar mi pulmón.
Me pidió encarecidamente que no comprara ninguna.

Ese límite no es simbólico: es real, corporal, protector.

Hoy no solo enseñé a acompañar.
Hoy caminé con alguien que también pudo acompañarme a mí.
Y en ese movimiento se ordenaron tres cosas:

  • mi historia laboral dejó de doler,

  • la relación con Erica se volvió adulta y paritaria,

  • Y el ensueño de la moto encontró su lugar justo. En ese territorio recordé un cuento de Jorge Bucay —“El vendedor de sueños”— donde un anciano artesano de vidrio confiesa que su mayor anhelo es peregrinar a La Meca, pero que no lo realiza porque ese sueño es lo que lo mantiene vivo, despierto y en camino. No cito el cuento entero por respeto a su autor, pero sí recupero su sentido: hay deseos que no están para cumplirse, sino para sostenernos. Ese modo de entender el sueño —como motor y no como deuda— me lo enseñó Ely. También me lo había enseñado antes y a su manera Lucía, cuando me contaba sobre su sueño eterno de comprarse su casa en las sierras y que lo dejaba en su baúl de los sueños que no nacieron para materializarlos. -Muchas Gracias a las dos-

Un peregrinar es eso:
moverse por afuera para que algo adentro encuentre orden.

domingo, 1 de marzo de 2026

Post sobre un orden de medicación y el uso de pastilleros

Post sobre tu orden de medicación y el uso de pastilleros

(Este texto es completamente seguro porque no da indicaciones médicas ni dosis; solo describe tu rutina personal de organización, que es perfectamente válida.)

Título:

Orden personal: la medicación como prioridad absoluta

Cuerpo del post:

Dentro de mis órdenes personales, una de las más importantes es tomar mi medicación exactamente a la hora indicada, cada vez que suena la alarma de mi celular. Para evitar olvidos o postergaciones, establecí una regla simple:
cuando suena la alarma, suspendo todo lo que esté haciendo y la toma pasa a ser prioridad número uno.

No hay excepciones.
No hay “ahora voy”.
No hay “en un minuto”.
La alarma marca el momento y yo cumplo.

Para sostener este orden, decidí llevar siempre conmigo uno o dos pastilleros móviles:

  • uno pequeño, para uno a tres días,

  • y uno más grande, para una semana o más.

Esto me permite mantener continuidad, evitar olvidos y asegurar que la medicación esté siempre disponible, incluso fuera de casa. Es una práctica de cuidado adulto, simple y suficiente, que sostiene mi salud y mi organización cotidiana.

sábado, 28 de febrero de 2026

Despertar bajoneado y conversación entre dos seres cansados.

✦ Despertar bajoneado y conversación entre dos seres cansados



 (entrada independiente, identidades veladas, tono humano y simple)

Amanecí con la cabeza boleada, como si me hubieran apagado un interruptor interno durante la noche. No era drama ni crisis: era ese bajón suave que llega cuando un estado potente se retira y deja un hueco. Sentía tristeza común, de la que no asusta pero pesa. Y escribí para desahogarme, directo, sin filtro, porque necesitaba poner en palabras lo que me estaba pasando.

Del otro lado, la persona que fue mi compañera durante tantos años también había despertado triste. No por lo mismo, pero en la misma frecuencia. Dos seres cansados, cada uno con su historia, cada uno con su modo de sentir. Ella me dijo que no podía ayudarme más, que había cosas que venían de muy atrás y que no quería seguir explicaciones largas cuando lo que dolía era simple. Yo insistía en entender, en nombrar, en ordenar. Ella insistía en estar, sin teoría.

En medio de ese ida y vuelta, me salió hablar desde un lugar que no era el mejor: explicaciones, conceptos, estados, comparaciones. Ella me marcó el límite con claridad. Y ahí algo se acomodó. Me callé. Respiré. Dejé de empujar.

El bajón siguió un rato más, pero ya sin ruido. Solo tristeza humana, sin adornos. Y desde ese silencio pude volver a mí, a mi modo más simple, sin estados extraordinarios ni simbolismos.

Cuando finalmente me repuse, lo dije así:

ya me repuse
estoy en mi estado humanito simple y para nada explicativo
menos con simbología poderosa
estoy presente, simple y dispuesto
ya te puedo acompañar si me necesitas

No hubo resolución mágica. Solo dos personas tristes que se dijeron la verdad sin lastimarse. Y un regreso a la presencia básica, la que alcanza para seguir caminando el día.

Peregrinar por San Vicente y sus Negocios

 Peregrinar por San Vicente y sus negocios


(entrada independiente, tono de explorador urbano, mirada antropológica sin inflación)

Desde que empecé a atenderme en la Meelar, San Vicente se volvió otro de mis barrios. No por nostalgia, sino por observación. Lo caminé como quien inspecciona un ecosistema: bares, talleres, perfumerías, tabaquerías, santerías, polirrubros, repuesteras, alfarerías gigantes. Un pueblo dentro de la ciudad, tan vivo como Alberdi, quizá más.

Probé tres bares y planté bandera en el más pequeño. Música de los 80, aire acondicionado potente, café excelente, tortas y sándwiches honestos. La dueña, Mabel, cincuentona como nosotros, maneja el clima con naturalidad. Es mi parada técnica cuando la coupé queda afuera.

Descubrí dos tabaquerías al por mayor: una para gente humilde, otra para kiosqueros pudientes. Ambas con precios idénticos a los del Mercado Norte. Encontré una perfumería que conserva los aromas de nuestra juventud —mi Kevin incluido— y vende todo para uñas, peluquería y piercing. Los polirrubros son occidentales, más caros que los chinos, pero con stock impecable. Las santerías mezclan panteísmo, aromas, químicos, imaginería y tarot. Los repuesteros abundan; los talleres mecánicos también. Y la alfarería monumental, con fuentes, macetas y estatuas de jardín, parece un templo del barro.

Lo más llamativo fue un bar icónico frente al CPC. En la terraza para fumadores se sientan los sin techo. No piden nada: las reglas están claras. Los clientes dejan restos a propósito —medio lomo, media pizza, una fainá entera— y ellos comen. Un quid pro quo silencioso, sin dramatismo, propio de un barrio que aprendió a convivir.

Los perros callejeros, gordos y antiguos, completan la escena. No pertenecen a nadie y, sin embargo, todos los alimentan.

San Vicente no es un paseo: es un territorio con códigos. Y yo, peregrino urbano, ya lo tengo leído.

Peregrinar por la Clínica Meelar

 Peregrinar por la Clínica Meelar


(entrada independiente, tono institucional‑laico, mirada de inspección adulta)

La Clínica Meelar siempre me generó una mezcla de distancia y curiosidad. No por desconfianza, sino por mi modo de caminar los territorios antes de entregarme a ellos. Ese día fui a la guardia, sin euforia —aunque algunos dijeran lo contrario— y con la sensación de estar entrando a un engranaje más grande que yo.

Me atendieron dos médicas: la jefa y su subordinada. Una decía que yo estaba en euforia; la otra comprobó que no. Entre ambas demoraron una receta que, en condiciones normales, se hace en minutos. Intuí debate interno, jerarquías en movimiento, y un sistema que se revisa a sí mismo.

De esa escena saqué dos certezas. La primera: Daniel Riquelme tenía razón cuando me dijo que ya no estaba solo. Que ahora tenía un equipo. No un médico aislado, sino una interdisciplina completa, 24x7, con guardia, internación, centro de día, rehabilitación, enfermería accesible y geriátrico para casos extremos. Una empresa inmensa, organizada, con recursos humanos de excelencia que se forman ahí y luego se independizan. No esclavos voluntarios: profesionales que crecen.

La segunda certeza fue más íntima: yo había ido, sin decirlo, a inspeccionar si este sistema era digno. Y lo era. Respetaron al pie de la letra las prescripciones de mi médico de cabecera. Solo ajustaron lo necesario hasta el control del miércoles, donde él estaría presente. Eso, para mí, fue honor.

Salí de la Meelar con la sensación de haber hecho una peregrinación laica: caminar un territorio para verificar si es confiable. Y lo es.

jueves, 26 de febrero de 2026

Adulto, mínimo y claro: lo demás es recreo.

✍️ Adulto, mínimo y claro: lo demás es recreo.



Esta brújula me ordena el clima: adulto para el tono, mínimo para evitar la inflación, claro para no ensuciar la escena.

Y lo demás —la risa, la picardía, la cánoga— queda afuera, como recreo.

Cuando digo “adulto mínimo”, no hablo de nadie: es mi humor seco, mi forma de desactivar la solemnidad antes de que aparezca.

Es mi estilo. Mi clima. Mi regla.




 

Peregrinar del 29 de mayo — La Taunus pide su retiro de ruta

  Hay autos que son máquinas. Y hay autos que son compañeros de destino . La Taunus, con sus 48 años, pertenece a la segunda categoría. Ante...