Tenía turno en la ITV de La Calera. No era un trámite más: era la segunda opinión que buscaba después de que en Córdoba me habían bochado la Taunus con fallas graves, gravísimas y leves. Un mazazo. Un diagnóstico que me dejó sin aire y con un miedo muy concreto: que los largueros —esa estructura que funciona como chasis— estuvieran condenados. Repararlos hoy cuesta un millón. Un millón que no tengo.
Cuando por fin llegó, me arregló la cubierta pinchada y salí rumbo a la ciudad vecina. El GPS me llevó por recovecos que no conocía, calles raras, como si el camino hacia la segunda opinión también fuera un camino hacia un territorio emocional nuevo.
“Está perfecta.”
Lucía lo expresó mejor que nadie:
“Eso es perseverancia, fe y esperanza.”
Hay buenas noticias que llegan como un guiño, como una caricia inesperada del mundo. Y hoy, en medio de esta semana en que la Taunus recuperó su dignidad mecánica y su belleza de presencia, apareció otra revelación mínima pero decisiva: la música volvió.
Desde hacía meses el estereo estaba mudo. El botón de encendido roto, la cabina sin sonido, los viajes sin ese pulso que siempre la volvió más viva. Ya estaba resignado: el mes que viene compraría un estereo nuevo, pagaría instalación, haría lo que hubiera que hacer para devolverle su alma sonora.
Pero el mundo tiene sus formas de hablar cuando uno está atento.
Hoy, al mediodía, mientras miraba estereos en Marketplace, apareció un conjunto idéntico al mío: estereo y control remoto. Y ahí se encendió la sospecha. Ese control remoto mío, el que nunca había usado, el que había visto ayer por casualidad mientras buscaba el papel de la ITV de Córdoba en la guantera.
Bajé a la cochera rezando. Busqué el control. Lo tuve en la mano como quien sostiene una llave antigua. Apreté power.
Encendió.
Meses sin música. Meses sin ese latido. Y era esta tontería —esta mínima gracia— lo que tenía que hacer.
La alegría fue inmediata, limpia, infantil. La Taunus volvió a sonar. Volvió a respirar. Volvió a ser ella misma, como en la jornada de la ITV donde quedó claro que su estructura estaba perfecta, que todo lo que le hice durante cinco años no fue en vano.
Y ahora, justo en el tiempo en que nos preparamos para el encuentro con Alina, la Taunus recupera también su belleza sonora. Porque sin música está incompleta, y cuando suenan AC/DC o Metallica en esa cabina, se vuelve más linda, más viva, más seductora .
Hoy no solo encendió el estereo.
Hoy volvió a encenderse la alegría.

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