Peregrinar con Erica en el Parque de las Naciones
El miércoles 11 salimos con Erica en la Taunus, que viene portándose bastante bien a pesar de que el venezolano todavía no me dio turno para ingresarla al taller. La llevé igual, confiando en ese modo suyo de funcionar “lo suficiente”, que ya es parte de esta etapa mía: las cosas que acompañan, acompañan sin exigir.
Llegamos al Parque de las Naciones y caminamos un poco, tanto de ida como de vuelta. El clima estaba templado, amable, y el pasto tenía ese verde fresco que invita a quedarse. Nos sentamos ahí, en un pequeño claro, y Erica sacó un budín que había preparado con zanahorias, chocolate y granola. Estaba buenísimo. Yo llevé el mate, pero me di cuenta de que me había olvidado la yerba. Como no tenía un centavo encima, ella fue a comprar con su dinero. Apenas llegué a casa se lo devolví, no por obligación sino por orden interno: dejar las cuentas limpias, la reciprocidad clara.
Conversamos de muchas cosas. El tema que más nos ocupa ahora es mi situación laboral con la jubilación por invalidez, y también le expliqué un poco más en qué consiste su segunda labor de acompañante. Fue una charla tranquila, sin apuro, sin dramatismo, con esa presencia templada que ella tiene cuando está en modo acompañar.
Y cumplí con lo que me pidió Riquelme: me descalcé y caminé sobre el pasto. No como un gesto místico, sino como un acto corporal. Sentir el suelo, regular la respiración, bajar al cuerpo. Me hizo bien.
Volvimos al anochecer y nos fuimos ya entrada la noche. Dos horas en total. Más que suficientes. El tiempo justo. El clima justo. La compañía justa.
Un peregrinar simple, corporal y adulto. De esos que no buscan nada extraordinario, pero que ordenan por dentro.

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