domingo, 14 de junio de 2026

Peregrinar — Ciudad de México, sin moverme de casa

 


Anoche viajé a Ciudad de México sin salir de mi habitación.
No fue un viaje físico: fue un peregrinar de conversación, de lucidez y de afecto.

La casa de la Licenciada y Magíster Elizabeth Hernández apareció en mi pantalla como un territorio firme.
Ella vive allá, pero habla como si estuviera acá, sentada en mi mesa, con esa mezcla suya de calidez y precisión que vale oro.

Mientras yo le contaba mis días —las compañeras, los afectos nuevos, la joven que me despertó el sueño de volver al mundo—, ella escuchó sin juzgar.
Y cuando tuvo que hablar, habló claro:

“Bájate un poco de la nube. Sigues en duelo.”

No lo dijo para pincharme la ilusión.
Lo dijo para cuidarme de mí mismo, de esa parte mía que arma castillos en el aire cuando algo me toca fuerte.

Y tenía razón.

Porque mientras conversaba con ella, también hablaba con Daniela, acá en Argentina, contándome sus sueños comerciales y culturales, sus proyectos, su necesidad diaria de pan, su fuerza para sostener a una familia enorme.
Dos mundos distintos, dos mujeres distintas, dos realidades que me importan.

México me devolvía lucidez.
Argentina me pedía presencia.

Y en el medio estaba yo, tratando de entender qué parte de mis deseos eran verdad y qué parte eran refugio del duelo.

Elizabeth me dijo algo que me acomodó el cuerpo:

“Lo que ya habías decidido era seguir solo, abierto a un amor valor. Esa es tu guía.”

Cuando leí eso, inhalé hondo y exhalé lento.
Conozco esa reacción: es mi cuerpo aceptando una verdad que duele, pero que ordena.

No fue un viaje turístico.
Fue un viaje hacia adentro.
Un peregrinar entre dos voces femeninas que me quieren bien, cada una a su manera:
una desde la lucidez profesional,
otra desde la lucha cotidiana.

Y yo, en el medio, aprendiendo a no confundir ilusión con destino, ni compañía con proyecto, ni deseo con decisión.

Hoy dejo registrado este viaje para no olvidarlo:
a veces, los caminos más largos se recorren por chat.
Y las casas más valiosas no son las que se visitan, sino las que nos devuelven a nosotros mismos.



Peregrinar — Ciudad de México, sin moverme de casa

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