Crónicas de marcha y territorio: Alberdi, San Vicente, Güemes, Zona Norte, Sierras Chicas y Villa María. Archivo vivo de mis recorridos. Parte de mi Comunidad Afectiva Alippi García y Cía.
El martes empezó con un movimiento que no esperaba nadie:
después de diez años de vida del edificio, por fin se armó el consorcio.
Una década sin asambleas, sin administración real, sin voz colectiva.
Y ahí estábamos todos, estrenando institucionalidad.
Me nombraron presidente de la asamblea y miembro del consejo de administración junto a otros cuatro propietarios.
No lo pedí, pero lo acepté: alguien tenía que ordenar, y me vieron capaz.
Salí de esa reunión con la cabeza llena y el cuerpo tenso.
Caminé hacia Güemes, rumbo a lo de Georgina, pero antes hice un desvío:
el Paseo de los Ajedrecistas, ese lugar que Riquelme me recomendó para integrarme un poco más al mundo exterior.
Un jugador me invitó a una partida.
Me presenté como principiante.
Él jugaba muy bien, me tenía al salto por un bizcocho, comentó que mi estilo era agresivo, el suyo más pacífico pero estratégico.
Me comió la reina.
Y aun así, desde esa desventaja horrible, terminé haciéndole jaque mate.
No sé si me lo dejó hacer por benevolencia o si realmente se le pasó, pero gané.
Y seguí camino.
Llegué a lo de Geor.
Ese día jugaba Argentina su primer partido y ya estaba pactado verlo en lo de Lucía.
Los ánimos estaban ansiosos, eléctricos.
Yo venía con mi paz natural, pero no podía entrar del todo en ese clima.
Aun así, acompañé: soy hermano, y eso pesa.
Viajamos hasta Argüello.
El televisor no funcionaba porque no había internet.
Lo resolví conectando la PC vieja del dormitorio.
Cenamos lo riquísimo que preparó Lucía.
Vimos el partido en un monitor cuadrado, pequeño, casi de museo, muy lejos de mis 32 pulgadas habituales.
Ganamos.
Festejamos cada gol.
Y volvimos a Güemes porque a Geor le daba miedo dejar el auto en la cochera a esa hora.
Me acosté tarde.
Me dormí como a las tres.
Y ya sin remedios.
En el medio de todo eso, hoy tuve la consulta con el oftalmólogo Lista, los prequirúrgicos, la confirmación de la operación de cataratas para el 1° de julio.
Y ahí se mezcló todo: el cansancio, la responsabilidad, el ajedrez, el viaje, la ansiedad del partido, la falta de sueño, y sobre todo la discontinuidad de la medicación.
Porque el 17 me quedé sin Midax y sin Litio.
Dos medicaciones centrales.
Me automediqué ayer y hoy con lo que tenía.
La farmacia online recién entrega mañana a las 14 hs.
Y eso, sumado a todo lo demás, fue el verdadero origen de mi estrés.
Pero la escena completa no termina ahí.
Mi psiquiatra tratante, Riquelme, no tuvo una participación mínima:
tuvo una participación mayúscula.
Gestionó los bonos, hizo las recetas, activó la cobertura del 100%.
La mínima fue solo en el chat, no en la acción real.
Mi hermana Lucía —psiquiatra, sostén, presencia técnica y emocional— fue el segundo pilar.
Entre los tres cerramos el circuito.
Y el Litio también quedó cubierto al 100% por Apross.
Hoy, después de horas de tensión, todo se ordenó:
los remedios están en camino, la operación tiene fecha, los bonos están aprobados, el equipo médico-familiar funcionó, y yo sigo de pie.
Este fue mi peregrinar:
una mezcla de responsabilidades nuevas, partidas inesperadas, viajes nocturnos, pantallas viejas, goles gritados, falta de sueño, trámites médicos, medicación en discontinuidad y un cuerpo que hizo lo que pudo para sostenerlo todo.
Anoche viajé a Ciudad de México sin salir de mi habitación.
No fue un viaje físico: fue un peregrinar de conversación, de lucidez y de afecto.
La casa de la Licenciada y Magíster Elizabeth Hernández apareció en mi pantalla como un territorio firme.
Ella vive allá, pero habla como si estuviera acá, sentada en mi mesa, con esa mezcla suya de calidez y precisión que vale oro.
Mientras yo le contaba mis días —las compañeras, los afectos nuevos, la joven que me despertó el sueño de volver al mundo—, ella escuchó sin juzgar.
Y cuando tuvo que hablar, habló claro:
“Bájate un poco de la nube. Sigues en duelo.”
No lo dijo para pincharme la ilusión.
Lo dijo para cuidarme de mí mismo, de esa parte mía que arma castillos en el aire cuando algo me toca fuerte.
Y tenía razón.
Porque mientras conversaba con ella, también hablaba con Daniela, acá en Argentina, contándome sus sueños comerciales y culturales, sus proyectos, su necesidad diaria de pan, su fuerza para sostener a una familia enorme.
Dos mundos distintos, dos mujeres distintas, dos realidades que me importan.
México me devolvía lucidez.
Argentina me pedía presencia.
Y en el medio estaba yo, tratando de entender qué parte de mis deseos eran verdad y qué parte eran refugio del duelo.
Elizabeth me dijo algo que me acomodó el cuerpo:
“Lo que ya habías decidido era seguir solo, abierto a un amor valor. Esa es tu guía.”
Cuando leí eso, inhalé hondo y exhalé lento.
Conozco esa reacción: es mi cuerpo aceptando una verdad que duele, pero que ordena.
No fue un viaje turístico.
Fue un viaje hacia adentro.
Un peregrinar entre dos voces femeninas que me quieren bien, cada una a su manera:
una desde la lucidez profesional,
otra desde la lucha cotidiana.
Y yo, en el medio, aprendiendo a no confundir ilusión con destino, ni compañía con proyecto, ni deseo con decisión.
Hoy dejo registrado este viaje para no olvidarlo:
a veces, los caminos más largos se recorren por chat.
Y las casas más valiosas no son las que se visitan, sino las que nos devuelven a nosotros mismos.