Hoy descubrí algo que no había vivido nunca:
una tertulia verdadera, adulta, luminosa, con una amiga mujer.
Daniela —la amiga que conocí en La Calera, cuando vivía allá— me invitó al Museo Pedroni para una jornada de escritura y micrófono abierto.
Fui vestido de negro, con la chaqueta de cuero y el bastón, como quien entra a un territorio que respeta.
Leímos, escuchamos, compartimos.
Pero lo importante vino después.
No una charla suelta, no un intercambio casual: una tertulia en el sentido más clásico y más íntimo.
Política.
Cultura.
La pasión compartida por la escritura.
Y la música —porque ambos tenemos gustos compatibles y eso, aunque parezca menor, es un puente que no se fuerza.
No hubo tensión, ni expectativa, ni juego de seducción.
Hubo algo más raro y más valioso: dos adultos conversando desde la libertad, desde la afinidad, desde la inteligencia y la sensibilidad.
Me doy cuenta ahora de que esta es la primera vez que vivo algo así con una amiga mujer.
Una conversación larga, profunda, sin doble fondo, sin ruido emocional, sin la sombra de lo romántico ni la presión de lo erótico.
Una tertulia pura.
Y me hizo bien.
Me ordenó.
Me recordó que la vida también se construye con estas presencias que no exigen, que no reclaman, que no dramatizan: simplemente acompañan.
Hoy no hubo revelaciones místicas.
Hubo algo más humano:
la certeza de que estoy rodeado de personas que suman, que piensan, que crean, que caminan.
Lo dejo escrito acá para no olvidarlo:
cuando aparece una tertulia verdadera, uno entiende que no estaba solo: estaba esperando el tono correcto.


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