sábado, 7 de marzo de 2026

Peregrinar con Erica por el Parque Pueblo de la Toma

 


Hoy inicié con Erica una nueva etapa de su formación como acompañante.

Le había anticipado dos cosas con claridad:

  • que los lunes seguiría viniendo para las tareas generales de la 5ta categoría,

  • y que los miércoles y viernes comenzaríamos el trabajo de acompañamiento, empezando por recorrer los parques de Córdoba.

Fuimos al Parque Pueblo La Toma. Antes pasamos por El Rey del Sándwich y compré dos baguettes —como se les dice acá a los sándwiches largos con fiambre, lechuga, tomate, queso y roquefort—. Cruzamos al parque y nos sentamos en una mesa de hormigón con dos banquitos.

Ahí empezó una conversación distinta.
Por primera vez apareció la paridad.
No la relación laboral, no la distancia funcional: dos adultos hablando con verdad. Cada uno confesó cosas que hasta hoy había guardado para sí.

Después de comer, caminamos hacia el centro del parque, donde el verde es más intenso. Nos sentamos en otro banco de cemento, esta vez con respaldo. Yo había llevado un termo de café. Ese cambio de banco marcó también un cambio de clima.

Pude contarle que hacía pocos días había atravesado el gran duelo postergado por mi drama laboral. Y que, al narrarlo ahora, ya no dolía. Era un hecho, no una herida.
Ella también compartió lo suyo.
La igualdad se consolidó ahí: dos personas adultas conversando sin roles superpuestos. Un caminar entre dos colegas. Coequipers, me dijo una psicóloga que era lo que yo necesitaba de verdad y me lo dijo hace muchísimos años y recién ahora la tengo en Erica.

En un momento le dije que hoy había empezado a dudar del ensueño de la Kawasaki Eliminator 250 cc. No por miedo, sino por lucidez. Me vi renegando con la moto como he renegado con la Taunus y apareció la pregunta justa: ¿para qué?
Si la Taunus va a quedar como en mis mejores sueños, si ya tengo un vehículo que forma parte de mi identidad, ¿qué necesidad real habría de sumar una moto que me exigiría entrar en un modo de producción que no deseo?

Y ahí recordé algo decisivo.
Hace unos días, Daniel Riquelme —después de analizar mi radiografía de tórax— me dijo con claridad adulta que padezco bronquitis crónica. Que cualquier frío puede desencadenar episodios. Y que una moto me expondría constantemente, enfermándome una y otra vez, con riesgo de empeorar mi pulmón.
Me pidió encarecidamente que no comprara ninguna.

Ese límite no es simbólico: es real, corporal, protector.

Hoy no solo enseñé a acompañar.
Hoy caminé con alguien que también pudo acompañarme a mí.
Y en ese movimiento se ordenaron tres cosas:

  • mi historia laboral dejó de doler,

  • la relación con Erica se volvió adulta y paritaria,

  • Y el ensueño de la moto encontró su lugar justo. En ese territorio recordé un cuento de Jorge Bucay —“El vendedor de sueños”— donde un anciano artesano de vidrio confiesa que su mayor anhelo es peregrinar a La Meca, pero que no lo realiza porque ese sueño es lo que lo mantiene vivo, despierto y en camino. No cito el cuento entero por respeto a su autor, pero sí recupero su sentido: hay deseos que no están para cumplirse, sino para sostenernos. Ese modo de entender el sueño —como motor y no como deuda— me lo enseñó Ely. También me lo había enseñado antes y a su manera Lucía, cuando me contaba sobre su sueño eterno de comprarse su casa en las sierras y que lo dejaba en su baúl de los sueños que no nacieron para materializarlos. -Muchas Gracias a las dos-

Un peregrinar es eso:
moverse por afuera para que algo adentro encuentre orden.

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