sábado, 28 de marzo de 2026

Crónica mínima de un turno recuperado

 

Ayer, después de varios mensajes que el venezolano —mecánico de la Taunus— casi no me había contestado, decidí hacer lo que correspondía: ir a su taller en persona. Lo encontré lleno de autos, un pequeño ecosistema de motores abiertos y trabajos pendientes. Me dijo que mi último mensaje lo había marcado en verde para no olvidarse de responderme. Un gesto mínimo, pero gesto al fin.

Le expliqué que no era poco lo que yo podía pagar en cuotas, que ya las había calculado y rondaban los $300.000. Me escuchó. Me dijo que este jueves de la semana que viene le escriba o me acerque, así me da un turno definitivo para la semana del 6 de abril.

No fue una epifanía ni un milagro mecánico. Fue apenas un hilo de esperanza. Pero lo recuperé. Y a veces, en la vida del peregrino, eso alcanza para seguir avanzando un metro más.

Cierre ritual

Y así quedó la cosa: un taller lleno, un mecánico que marca en verde lo que no quiere olvidar, y un turno prometido para la semana del 6 de abril. Nada más. Nada menos.

Al salir, hice lo que hace un peregrino cuando recupera un hilo de esperanza: respiré hondo, apoyé bien los pies en el suelo y seguí caminando. Porque a veces el rito es eso: constatar que algo se movió un milímetro… y honrar ese movimiento sin exagerarlo.


martes, 17 de marzo de 2026

Peregrinar con Erica en el Parque de las Naciones

 


Peregrinar con Erica en el Parque de las Naciones

El miércoles 11 salimos con Erica en la Taunus, que viene portándose bastante bien a pesar de que el venezolano todavía no me dio turno para ingresarla al taller. La llevé igual, confiando en ese modo suyo de funcionar “lo suficiente”, que ya es parte de esta etapa mía: las cosas que acompañan, acompañan sin exigir.

Llegamos al Parque de las Naciones y caminamos un poco, tanto de ida como de vuelta. El clima estaba templado, amable, y el pasto tenía ese verde fresco que invita a quedarse. Nos sentamos ahí, en un pequeño claro, y Erica sacó un budín que había preparado con zanahorias, chocolate y granola. Estaba buenísimo. Yo llevé el mate, pero me di cuenta de que me había olvidado la yerba. Como no tenía un centavo encima, ella fue a comprar con su dinero. Apenas llegué a casa se lo devolví, no por obligación sino por orden interno: dejar las cuentas limpias, la reciprocidad clara.

Conversamos de muchas cosas. El tema que más nos ocupa ahora es mi situación laboral con la jubilación por invalidez, y también le expliqué un poco más en qué consiste su segunda labor de acompañante. Fue una charla tranquila, sin apuro, sin dramatismo, con esa presencia templada que ella tiene cuando está en modo acompañar.

Y cumplí con lo que me pidió Riquelme: me descalcé y caminé sobre el pasto. No como un gesto místico, sino como un acto corporal. Sentir el suelo, regular la respiración, bajar al cuerpo. Me hizo bien.

Volvimos al anochecer y nos fuimos ya entrada la noche. Dos horas en total. Más que suficientes. El tiempo justo. El clima justo. La compañía justa.

Un peregrinar simple, corporal y adulto. De esos que no buscan nada extraordinario, pero que ordenan por dentro.

Peregrinar con el Cuerpo: La Eliminator y el Clima Justo


 

Peregrinar con el Cuerpo: La Eliminator y el Clima Justo

Hoy volví a pensar en la Kawasaki Eliminator 250.
No desde el ensueño puro, ni desde la renuncia total que apareció aquel día en el Parque Pueblo de la Toma, sino desde un lugar más adulto: el cuerpo real que tengo y el clima que lo cuida.

Hace unas semanas, Riquelme —con la claridad que lo caracteriza— me recordó que mi bronquitis crónica no es un detalle menor. Que el frío no es un capricho del clima, sino un disparador directo de mis episodios. Y que una moto, usada como vehículo cotidiano, me expondría a un desgaste que no necesito volver a vivir.

Pero algo cambió.

No estoy pensando en la moto como reemplazo de la Taunus, ni como única herramienta de movilidad.
No estoy en aquel modo de supervivencia en el que vender un vehículo era condición para tener otro.
Hoy la escena es distinta: la Taunus se queda.
La moto, si llega, será compañera, no sustituta.

Y ahí apareció la decisión justa.

Si alguna vez compro la Eliminator —esa negra con rayos que parece salida de un óleo del Maestro O.R.O.— la voy a usar solo en estaciones templadas.
Nada de exponerme al invierno, nada de manejar con el pecho helado, nada de desafiar al cuerpo que ya me avisó sus límites.

La usaré cuando el clima permita salir con una remera o con la camperita liviana que me regaló Gustavo, cerrada hasta el cuello.
La usaré cuando el aire no sea amenaza.
La usaré cuando el cuerpo diga sí.

Y eso cambia todo.

Porque ya no es una moto para “demostrar” nada, ni para reemplazar nada, ni para llenar ningún vacío.
Es una moto para disfrutar, no para padecer.
Para sumar, no para exigir.
Para acompañar, no para definir.

La Taunus seguirá siendo mi vehículo de identidad.
La Eliminator, si llega, será mi vehículo de clima.

Y en ese orden —tan simple, tan corporal, tan adulto— encontré la forma justa de sostener el deseo sin traicionar mi salud.

Hay sueños que se cumplen.
Hay sueños que se sostienen.
Y hay sueños que se afinan hasta encontrar su estación.

Esta moto, si llega, será de primavera y otoño.
De tardes templadas.
De rutas cortas.
De aire amable.

Y eso, para mí, ya es suficiente.



sábado, 7 de marzo de 2026

Peregrinar con Erica por el Parque Pueblo de la Toma

 


Hoy inicié con Erica una nueva etapa de su formación como acompañante.

Le había anticipado dos cosas con claridad:

  • que los lunes seguiría viniendo para las tareas generales de la 5ta categoría,

  • y que los miércoles y viernes comenzaríamos el trabajo de acompañamiento, empezando por recorrer los parques de Córdoba.

Fuimos al Parque Pueblo La Toma. Antes pasamos por El Rey del Sándwich y compré dos baguettes —como se les dice acá a los sándwiches largos con fiambre, lechuga, tomate, queso y roquefort—. Cruzamos al parque y nos sentamos en una mesa de hormigón con dos banquitos.

Ahí empezó una conversación distinta.
Por primera vez apareció la paridad.
No la relación laboral, no la distancia funcional: dos adultos hablando con verdad. Cada uno confesó cosas que hasta hoy había guardado para sí.

Después de comer, caminamos hacia el centro del parque, donde el verde es más intenso. Nos sentamos en otro banco de cemento, esta vez con respaldo. Yo había llevado un termo de café. Ese cambio de banco marcó también un cambio de clima.

Pude contarle que hacía pocos días había atravesado el gran duelo postergado por mi drama laboral. Y que, al narrarlo ahora, ya no dolía. Era un hecho, no una herida.
Ella también compartió lo suyo.
La igualdad se consolidó ahí: dos personas adultas conversando sin roles superpuestos. Un caminar entre dos colegas. Coequipers, me dijo una psicóloga que era lo que yo necesitaba de verdad y me lo dijo hace muchísimos años y recién ahora la tengo en Erica.

En un momento le dije que hoy había empezado a dudar del ensueño de la Kawasaki Eliminator 250 cc. No por miedo, sino por lucidez. Me vi renegando con la moto como he renegado con la Taunus y apareció la pregunta justa: ¿para qué?
Si la Taunus va a quedar como en mis mejores sueños, si ya tengo un vehículo que forma parte de mi identidad, ¿qué necesidad real habría de sumar una moto que me exigiría entrar en un modo de producción que no deseo?

Y ahí recordé algo decisivo.
Hace unos días, Daniel Riquelme —después de analizar mi radiografía de tórax— me dijo con claridad adulta que padezco bronquitis crónica. Que cualquier frío puede desencadenar episodios. Y que una moto me expondría constantemente, enfermándome una y otra vez, con riesgo de empeorar mi pulmón.
Me pidió encarecidamente que no comprara ninguna.

Ese límite no es simbólico: es real, corporal, protector.

Hoy no solo enseñé a acompañar.
Hoy caminé con alguien que también pudo acompañarme a mí.
Y en ese movimiento se ordenaron tres cosas:

  • mi historia laboral dejó de doler,

  • la relación con Erica se volvió adulta y paritaria,

  • Y el ensueño de la moto encontró su lugar justo. En ese territorio recordé un cuento de Jorge Bucay —“El vendedor de sueños”— donde un anciano artesano de vidrio confiesa que su mayor anhelo es peregrinar a La Meca, pero que no lo realiza porque ese sueño es lo que lo mantiene vivo, despierto y en camino. No cito el cuento entero por respeto a su autor, pero sí recupero su sentido: hay deseos que no están para cumplirse, sino para sostenernos. Ese modo de entender el sueño —como motor y no como deuda— me lo enseñó Ely. También me lo había enseñado antes y a su manera Lucía, cuando me contaba sobre su sueño eterno de comprarse su casa en las sierras y que lo dejaba en su baúl de los sueños que no nacieron para materializarlos. -Muchas Gracias a las dos-

Un peregrinar es eso:
moverse por afuera para que algo adentro encuentre orden.

domingo, 1 de marzo de 2026

Post sobre un orden de medicación y el uso de pastilleros

Post sobre tu orden de medicación y el uso de pastilleros

(Este texto es completamente seguro porque no da indicaciones médicas ni dosis; solo describe tu rutina personal de organización, que es perfectamente válida.)

Título:

Orden personal: la medicación como prioridad absoluta

Cuerpo del post:

Dentro de mis órdenes personales, una de las más importantes es tomar mi medicación exactamente a la hora indicada, cada vez que suena la alarma de mi celular. Para evitar olvidos o postergaciones, establecí una regla simple:
cuando suena la alarma, suspendo todo lo que esté haciendo y la toma pasa a ser prioridad número uno.

No hay excepciones.
No hay “ahora voy”.
No hay “en un minuto”.
La alarma marca el momento y yo cumplo.

Para sostener este orden, decidí llevar siempre conmigo uno o dos pastilleros móviles:

  • uno pequeño, para uno a tres días,

  • y uno más grande, para una semana o más.

Esto me permite mantener continuidad, evitar olvidos y asegurar que la medicación esté siempre disponible, incluso fuera de casa. Es una práctica de cuidado adulto, simple y suficiente, que sostiene mi salud y mi organización cotidiana.

Crónica mínima de un turno recuperado

  Ayer, después de varios mensajes que el venezolano —mecánico de la Taunus— casi no me había contestado, decidí hacer lo que correspondía: ...