Cuando el venezolano finalmente me dejó entrever —sin decirlo del todo, pero dejándolo claro— que no me iba a atender, entré en ese estado que solo entiende quien depende de un auto viejo para sostener su vida diaria: una mezcla de desesperación, urgencia y resignación.
En ese clima, publiqué un mensaje casi suplicante en el Club del Taunus preguntando si alguien conocía un buen mecánico. Al día siguiente, como si el auto mismo hubiera movido sus hilos, me escribió un tal Antonio Tagle, que me pidió una llamada telefónica.
En esa primera conversación me contó que había tenido cuatro Taunus, que los conocía “de memoria”, que los había restaurado a todos él mismo, aun sin haberse dedicado profesionalmente a la mecánica, aunque la estudió.
La seguridad con la que hablaba —esa seguridad tranquila del hombre que ya vivió, ya trabajó, ya vio de todo— me alcanzó para entender que ahí había algo distinto.
Rápidamente hicimos un trato incluso mejor que el que yo tenía con el venezolano. Y en pleno día de lluvia, sin limpiaparabrisas y manejando casi a ciegas, llevé la coupé hasta su casa, donde tiene su taller improvisado en la cochera. Fue incómodo, sí, pero también fue un gesto de fe: o la llevaba ese día, o no la llevaba nunca.
El resultado de abril
Lo que hizo en unos pocos días de abril fue, sin exagerar, fantástico:
Reemplazó todo el tren delantero, pieza por pieza, y yo mismo lo vi tirándome al piso.
Reparó la dirección, que estaba peligrosísima.
Ordenó la mayor parte del sistema de luces, que era un caos total heredado de décadas de parches.
Me reparó el limpia para brisas
Quedó pendiente el cierre del trabajo eléctrico y la instalación del tablero reacondicionado que tengo guardado hace años esperando su momento. Eso será ahora en mayo, junto con lo que considero el punto crucial del proyecto:
el recambio completo del embrague y la reparación de la caja de marchas.
En teoría, todo el paquete —abril y mayo— me costará unos $600.000, mitad y mitad entre ambos meses.
Una cifra enorme para mí, pero también una excelente inversión en recuperar algo que forma parte de mi historia y por cierto en un precio muchísimo menor de lo que me hubiera cobrado el mecánico profesional, el venezolano o cualquier otro.
Lo que viene
Hoy la Taunus está conmigo. Apenas logre renovar la licencia —mañana viajo a Villa María para eso— volveré a llevarla a lo de Antonio para que termine la labor.
Y ahí, recién ahí, podré decir que el peregrinar mecánico de este año encontró su maestro.
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