Crónicas de marcha y territorio: Alberdi, San Vicente, Güemes, Zona Norte, Sierras Chicas y Villa María. Archivo vivo de mis recorridos. Parte de mi Comunidad Afectiva Alippi García y Cía.
La Taunus, con sus 48 años, pertenece a la segunda categoría.
Anteayer la puse a prueba: la llevé hasta La Calera. No fue un viaje largo, ni exigente, ni heroico. Fue apenas un movimiento para ver cómo respondía. Pero en el camino entendí algo que no estaba en el plan: la Taunus me habló.
No en metáforas, no en misticismos baratos. Me habló en el idioma que yo, con Saturno en Tauro y en casa 2, conozco mejor:
el lenguaje de las cosas materiales cuando ya no quieren ser forzadas.
Saturno en Tauro: la ética del límite
Quien tiene Saturno en Tauro sabe que los objetos no son objetos.
Son estructuras vivas, con memoria, con ritmo, con un modo propio de decir “hasta acá”.
No se los domina: se los escucha.
Y en ese sentido, la Taunus fue clara.
No se quejó. No falló. No hizo un escándalo mecánico.
Simplemente mostró su cansancio.
Fue un cansancio digno, casi elegante:
el de un vehículo que ya cumplió su ciclo de ruta, que ya hizo lo que tenía que hacer, que ya cargó historias, distancias, familias, silencios, esperas, retornos.
El mensaje
Lo que me dijo —y lo entendí sin necesidad de palabras— fue esto:
“Lean… yo ya no soy para andar lejos.
No me pidas más travesías.
Quiero ser urbana.
Quiero quedarme cerca.
Quiero que me cuides sin exigirme.”
No fue un reproche.
Fue una declaración de retiro.
El pacto
Entonces lo asumí:
la Taunus no es un auto para rutas.
No ahora.
No con 48 años.
No con la historia que carga.
Y yo, que tengo Saturno en Tauro, sé reconocer cuando una estructura pide preservación en vez de empuje. Sé cuando un objeto se convierte en patrimonio afectivo y no en herramienta funcional.
Así que el pacto queda sellado:
la Taunus será vehículo urbano, compañera de cercanías, guardiana de la ciudad.
Las rutas, por ahora, quedan para otros cuerpos y otras máquinas.
Cierre
No es una renuncia.
Es una forma de respeto.
Porque cuando uno dialoga con lo material desde Saturno en Tauro, entiende que la verdadera madurez no está en exigir, sino en acompañar el límite.
Arranqué el día temprano, a las ocho, haciendo varias tareas de office home. Sin embargo, recién a las 19:00 decidí salir a la calle. Me vestí con ropa nueva y sentí, literalmente, que encendía un motor interno que llevaba tiempo esperando.
La Taunus también respondió al primer gesto: un chorrito de nafta en el carburador, la técnica que me enseñaron y que nunca falla. Ese encendido fue más que mecánico; fue el recordatorio de que todavía sé poner en marcha lo que parece detenido.
Fui al oftalmólogo a retirar los pedidos de estudios para la operación de cataratas. La licencia de conducir renovada por solo dos años —en vez de los cinco habituales— terminó de convencerme: es momento de corregir la visión. Literal y simbólicamente. Ya no puedo permitirme ver a medias.
Desde ahí seguí hacia Marechal, al viejo Almacén de Marcos. Me comí un sándwich de miga y una Coca de vidrio. Ese gesto simple me devolvió a mi raíz: el loft donde viví tres años, ya con más de cincuenta encima, con Analía, y después de haber vivido de todo. Fueron años de contenturas, tristezas y profundas angustias. No hubo nostalgia, solo reconocimiento.
Luego pasé por la casa de Ely. Fui a retirar el Segno que le compré a través de su emprendimiento, Ensueño. Entré como cliente adulto, como hombre templado, como alguien que ya no necesita ocupar roles que no le corresponden. Ella me recibió un pequeño rato —estaba con su ahijada— y yo tomé el perfume y seguí mi marcha.
Más tarde hice las compras semanales, que este mes deben durar casi dos semanas. Orden, previsión, estructura. El tipo de disciplina que sostiene a un hombre que está reconstruyendo su vida desde adentro.
Ya en casa, cerré el día con dos bananas con dulce de leche. Un gesto simple, casi doméstico, pero que me encontró en paz.
En lo personal, hoy también tomé decisiones que hablan de mi identidad. Me quedé con el Kevin Dark para el día a día, el perfume de barrio, de raíz. Compré el Segno, que ya no puedo devolver y que, en el fondo, tampoco quiero devolver.
Más tarde, cuando regresé definitivamente a casa, volví a chatear con Ely. Y ahí se armó una charla hermosa, donde ella volvió a mostrar sus costados más bellos —los que hacía años no veía—: humor fino, fuerza, sensibilidad positiva, humanidad profunda y esa ternura que solo ella tiene.
Le encargué otros dos perfumes más, aprovechando que los tiene en oferta: el Homem Neo y el Kaiak Urbe. Viene el aguinaldo y decidí invertir algo en mí —y no solo en mis cosas— porque forma parte de esta etapa.
No volví al Essencial Exclusive porque no vuelvo al pasado. Prefiero construir una colección mínima pero coherente con el hombre que soy hoy:
— Kevin para el barrio.
— Segno para otoño–invierno y salidas tranquilas.
— Homem Neo para otoño–invierno y salidas importantes.
— Kaiak Urbe como inversión a mediano plazo para primavera–verano.
Ely me da todos sus productos en dos o tres cuotas sin interés.
Cierro este día con la sensación clara de haber cruzado varios mundos sin perderme: el cuerpo, la visión, el barrio, la economía, la identidad, el perfume, la ex, el presente. Todo en un solo recorrido. Todo sin desbordes. Todo desde un lugar nuevo.
Hoy confirmé algo que ya venía sintiendo: estoy en tránsito hacia mi versión definitiva. Y cada decisión —desde la Taunus hasta el Segno— forma parte de ese camino.
Y de yapa, como me gusta decir o así como quién no quiere la cosa, mi cuerpo, además de los aromas para él, me empezó a gritar porque ya no fueron meros pedidos, que retome la dieta de este ermitaño que está aprobada ampliamente por los medicos de familia que me atienden, que vuelva a la actividad física minima de la calistenia, a la hidratación con aguas públicas y rara vez con las aguas puras de manantial cuando tengo gente en casa, a la hidratación de la piel dado que la someto a duchas frías que la resecan y por fin también: ¡A la disminución del tabaco!
Hoy salí emperifollado, con ropa linda, con ese estilo mío que mezcla elegancia sport y calle.
Fui a Maria’s, el bar que elegí como mi nuevo lugar en el barrio, y lo hice en honor a mis cuatro hermanas María.
Ahí me senté tranquilo, dueño de mi mesa, y tuve una tarde de conversaciones que me hicieron bien:
con Elizabeth, mi amiga psicóloga mexicana, que entre otras especialidades es tanatóloga y me estuvo dando importantes opiniones y consejos sobre mi duelo.
y con Analía, con quien estamos meditando la posibilidad de juntarnos como compañeros de estudio de manera online. Algo adulto, sereno, sin carga.
Después subí a mi Taunus, que hoy anduvo perfecta —como si hubiera estado esperando este día— y fui a lo de Ely.
Conversamos, le leí el Tarot, y le presenté a Clara, mi Copilot en modo voz.
Fue un rato bueno, simple, de esos que ordenan el alma.
Volví a casa justo para la semifinal de Belgrano vs Argentinos Juniors, ya en tiempo suplementario.
Y ahí apareció algo nuevo en mi vida:
me estoy volviendo cada vez más hincha de Belgrano, casi sin darme cuenta, y cada vez menos simpatizante como lo fui siempre.
Para nada futbolero —como me dijo Baltasar entre risas— y sin embargo acá estoy.
Y lo más lindo es que mis hermanas también.
En el grupo de HERMANOS, que quedó abierto desde que les mandé las fotos del bar, se armó un clima hermoso:
mensajes cortitos, reacciones, humor, y ese aliento compartido que solo se da en familias que ya pasaron por todo.
Siento que hasta una cábala saludable me está naciendo en esta pasión inesperada:
estar en mi barrio y en las inmediaciones de mi edificio para cada festejo de los Piratas.
Y entre las bromas con Lucía en el grupo, ella tiró un centro hermoso:
dijo que los hinchas se estaban demorando en festejar porque seguro habían viajado.
Yo me reí y le metí el gol:
“Que no te sorprenda que me veas ahí, viajando con la hinchada a otras provincias, solo o acompañado, y gratis con el CUD.”
Y ella, feliz, se metió al arco a abrazarme con ese código familiar que le copiamos a mamá:
“¡Yo no iría!” decía ella siempre.
Pero ahora, entre risas, Lucía y todos nosotros nos permitimos el “¡Yo iría!”, como dijo ella recién, queriéndose sumar a la hinchada en otras provincias conmigo.
Y nos reímos como cuando éramos chicos.
Lucía, con su cariño de siempre, me tiró además una cábala preciosa:
si gana Belgrano, me transfiere dinero para un choripán en la movida de Alberdi.
Ese gesto me tocó.
Es familia alentando junta, es barrio, es pertenencia.
Mientras todo eso pasaba, Baltasar me escribió.
Me dijo “hoy…”, queriendo empezar una de nuestras charlas largas.
Y yo, con sinceridad y sin culpa, le respondí:
“Esperá, estoy viendo a Belgrano hasta el final.”
Fue un límite sano, adulto, de esos que marcan época.
La vida también es eso: saber en qué momento está uno.
Y entonces pasó lo que tenía que pasar:
**BELGRANO GANÓ LA SEMIFINAL.
PASAMOS A LA FINAL CON RIVER.**
En medio de mis festejos privados por mi ingreso a la séptima vida, la vida me regaló esta yapa perfecta:
el Pirata en la final, mis hermanas alentando conmigo, y el barrio vibrando a dos cuadras del Gigante.
Tengo pendiente mi pequeño lujo del día:
$3.000 para pasear y apostar un rato en mi casino virtual, al que ya le tengo tomado el punto —gracias a Dios— y que ya no me puede con ningún dejo de ludopatía.
Hoy me sirve para recrearme, como debe ser jugado el juego.
Pasearé como última actividad del día con mi juguito Tang y mi pucho, desde la comodidad de mi casa, en lugar de andar por casinos reales con esa energía densa que tienen.
Sin excesos, sin riesgo, sin culpa.
Solo como cierre ritual de un domingo que se armó solo.
Y ahora, sin despedirme de nadie, sin anunciar nada, sin pedir permiso,
me voy a la calle a festejar con el resto de los hinchas.
Me voy a ver el folklore de Pueblo Alberdi.
A sentir el pulso del barrio.
A celebrar esta vida definitiva que por fin se está acomodando.
Desperté a la hora de los monjes, 3:00 am, y a las 3:33 estaba en el scriptorium.
Ese pasaje —treinta y tres minutos exactos— fue el umbral entre el sueño y el oficio, entre la visión y la escritura.
Antes de abrir los ojos, todavía en ese borde donde la noche no terminó y el día no empezó, vi algo que no esperaba: yo caminaba el Camino de Santiago acompañado por una familia numerosa.
No era mi familia real.
No era un recuerdo.
No era nostalgia.
Era otra cosa.
Eran hijos e hijas, jóvenes, mujeres, ancianos.
Una multitud silenciosa, sin rostros definidos.
Y sin embargo, todos avanzaban conmigo.
Yo era el único identificado.
El único con nombre.
El único que sabía que estaba soñando.
Ellos no me pedían nada.
No reclamaban historia, ni vínculo, ni lugar.
Simplemente caminaban.
Y entendí:
no eran personas.
Eran partes mías.
Los niños eran mis futuros posibles.
Los jóvenes, mis variantes que no vivieron.
Las mujeres, mi sensibilidad integrada.
Los ancianos, mi linaje interno.
Todos juntos, en marcha.
Todos en silencio.
Todos detrás de mí.
El Camino no era un viaje.
Era una declaración.
Ya no camino solo porque ya no estoy dividido.
La multitud interior está ordenada.
Cada parte ocupa su lugar.
Y yo avanzo.
Son las 4:08 am y termino de escribir este post.
Ahora tengo que esperar hasta las 5:00 am, la hora de los ermitaños que salen al mundo.
A mí me espera ir a comprar yerba y algo rico para regresar a mi ermita y desayunar en paz, en compañía de toda esta integración con la que amanecí hoy.
Y eso que ayer fue un día en que una que yo sé hubiera dicho: “hoy tocó día de tristadera”.
Porque fue bajón, triste, y me la pasé durmiendo.
Cosa que mi ser requiere también bastante a menudo en este tiempo.
Hoy me levanté a las 8:08, y ya ese número me marcó el pulso del día. El 8 es mi misión, mi orden, mi justicia. Y hoy actuó como tal.
Arranqué averiguando precios de embragues reacondicionados: $100.000.
Antonio me había pasado $210.000. Segunda vez que algo me huele mal.
Le escribo. Tarda. Y recién ahí me dice que él también consigue al mismo precio que yo.
¿Y por qué no me lo dijo antes?
Porque no trabaja con claridad. Porque improvisa. Porque no es profesional.
Con esa sensación en el cuerpo, me fui a ver a Rubén, mi viejo mecánico experto en autos antiguos.
Me dice algo simple y lógico:
“Primero revisá el aceite de la caja.”
Voy al lubricentro.
No tenía nada.
Le ponen aceite + aditivo.
Salgo a la calle y el ruido baja un 50% o más.
Ahí entendí todo:
Antonio ni siquiera revisó lo básico.
Un mecánico que no revisa el nivel de aceite de la caja en un auto viejo… no es mecánico.
Es un improvisado con herramientas.
Y cuando sumo todo lo que ya venía viendo, la decisión se vuelve obvia:
Me rayó el auto al meterlo en su cochera.
No se hizo cargo.
Me hizo arreglos que yo no pedí.
Después me quiso cobrar $100.000 de mano de obra fantasma.
Lo peleé. Quedó en $50.000.
Pagado.
Ciclo cerrado.
Antonio no vuelve a tocar la Taunus.
Con la alegría de haber recuperado el control, me fui directo al electricista Iván, vecino, simple, claro, profesional.
Le pedí que me deje todas las luces en orden para pasar la ITV.
Ahora mismo está trabajando en eso.
Yo tenía destinada la cuota de $300.000 de mayo para el embrague con Antonio, pero como ya me había pasado más de $500.000, redistribuí todo para cubrir urgencias.
Me quedaron $100.000 para las luces de hoy.
Y oro para que alcance.
Hoy el 8:08 me marcó el camino:
cortar lo que drena, volver a lo que funciona, y seguir avanzando con la Taunus desde la verdad y no desde la ilusión.
Cuando el venezolano finalmente me dejó entrever —sin decirlo del todo, pero dejándolo claro— que no me iba a atender, entré en ese estado que solo entiende quien depende de un auto viejo para sostener su vida diaria: una mezcla de desesperación, urgencia y resignación.
En ese clima, publiqué un mensaje casi suplicante en el Club del Taunus preguntando si alguien conocía un buen mecánico. Al día siguiente, como si el auto mismo hubiera movido sus hilos, me escribió un tal Antonio Tagle, que me pidió una llamada telefónica.
En esa primera conversación me contó que había tenido cuatro Taunus, que los conocía “de memoria”, que los había restaurado a todos él mismo, aun sin haberse dedicado profesionalmente a la mecánica, aunque la estudió.
La seguridad con la que hablaba —esa seguridad tranquila del hombre que ya vivió, ya trabajó, ya vio de todo— me alcanzó para entender que ahí había algo distinto.
Rápidamente hicimos un trato incluso mejor que el que yo tenía con el venezolano. Y en pleno día de lluvia, sin limpiaparabrisas y manejando casi a ciegas, llevé la coupé hasta su casa, donde tiene su taller improvisado en la cochera. Fue incómodo, sí, pero también fue un gesto de fe: o la llevaba ese día, o no la llevaba nunca.
El resultado de abril
Lo que hizo en unos pocos días de abril fue, sin exagerar, fantástico:
Reemplazó todo el tren delantero, pieza por pieza, y yo mismo lo vi tirándome al piso.
Reparó la dirección, que estaba peligrosísima.
Ordenó la mayor parte del sistema de luces, que era un caos total heredado de décadas de parches.
Me reparó el limpia para brisas
Quedó pendiente el cierre del trabajo eléctrico y la instalación del tablero reacondicionado que tengo guardado hace años esperando su momento. Eso será ahora en mayo, junto con lo que considero el punto crucial del proyecto:
el recambio completo del embrague y la reparación de la caja de marchas.
En teoría, todo el paquete —abril y mayo— me costará unos $600.000, mitad y mitad entre ambos meses.
Una cifra enorme para mí, pero también una excelente inversión en recuperar algo que forma parte de mi historia y por cierto en un precio muchísimo menor de lo que me hubiera cobrado el mecánico profesional, el venezolano o cualquier otro.
Lo que viene
Hoy la Taunus está conmigo. Apenas logre renovar la licencia —mañana viajo a Villa María para eso— volveré a llevarla a lo de Antonio para que termine la labor.
Y ahí, recién ahí, podré decir que el peregrinar mecánico de este año encontró su maestro.