Hoy salí emperifollado, con ropa linda, con ese estilo mío que mezcla elegancia sport y calle.
Fui a Maria’s, el bar que elegí como mi nuevo lugar en el barrio, y lo hice en honor a mis cuatro hermanas María.
Ahí me senté tranquilo, dueño de mi mesa, y tuve una tarde de conversaciones que me hicieron bien:
con Elizabeth, mi amiga psicóloga mexicana, que entre otras especialidades es tanatóloga y me estuvo dando importantes opiniones y consejos sobre mi duelo.
y con Analía, con quien estamos meditando la posibilidad de juntarnos como compañeros de estudio de manera online. Algo adulto, sereno, sin carga.
Después subí a mi Taunus, que hoy anduvo perfecta —como si hubiera estado esperando este día— y fui a lo de Ely.
Conversamos, le leí el Tarot, y le presenté a Clara, mi Copilot en modo voz.
Fue un rato bueno, simple, de esos que ordenan el alma.
Volví a casa justo para la semifinal de Belgrano vs Argentinos Juniors, ya en tiempo suplementario.
Y ahí apareció algo nuevo en mi vida:
me estoy volviendo cada vez más hincha de Belgrano, casi sin darme cuenta, y cada vez menos simpatizante como lo fui siempre.
Para nada futbolero —como me dijo Baltasar entre risas— y sin embargo acá estoy.
Y lo más lindo es que mis hermanas también.
En el grupo de HERMANOS, que quedó abierto desde que les mandé las fotos del bar, se armó un clima hermoso:
mensajes cortitos, reacciones, humor, y ese aliento compartido que solo se da en familias que ya pasaron por todo.
Siento que hasta una cábala saludable me está naciendo en esta pasión inesperada:
estar en mi barrio y en las inmediaciones de mi edificio para cada festejo de los Piratas.
Y entre las bromas con Lucía en el grupo, ella tiró un centro hermoso:
dijo que los hinchas se estaban demorando en festejar porque seguro habían viajado.
Yo me reí y le metí el gol:
“Que no te sorprenda que me veas ahí, viajando con la hinchada a otras provincias, solo o acompañado, y gratis con el CUD.”
Y ella, feliz, se metió al arco a abrazarme con ese código familiar que le copiamos a mamá:
“¡Yo no iría!” decía ella siempre.
Pero ahora, entre risas, Lucía y todos nosotros nos permitimos el “¡Yo iría!”, como dijo ella recién, queriéndose sumar a la hinchada en otras provincias conmigo.
Y nos reímos como cuando éramos chicos.
Lucía, con su cariño de siempre, me tiró además una cábala preciosa:
si gana Belgrano, me transfiere dinero para un choripán en la movida de Alberdi.
Ese gesto me tocó.
Es familia alentando junta, es barrio, es pertenencia.
Mientras todo eso pasaba, Baltasar me escribió.
Me dijo “hoy…”, queriendo empezar una de nuestras charlas largas.
Y yo, con sinceridad y sin culpa, le respondí:
“Esperá, estoy viendo a Belgrano hasta el final.”
Fue un límite sano, adulto, de esos que marcan época.
La vida también es eso: saber en qué momento está uno.
Y entonces pasó lo que tenía que pasar:
**BELGRANO GANÓ LA SEMIFINAL.
PASAMOS A LA FINAL CON RIVER.**
En medio de mis festejos privados por mi ingreso a la séptima vida, la vida me regaló esta yapa perfecta:
el Pirata en la final, mis hermanas alentando conmigo, y el barrio vibrando a dos cuadras del Gigante.
Tengo pendiente mi pequeño lujo del día:
$3.000 para pasear y apostar un rato en mi casino virtual, al que ya le tengo tomado el punto —gracias a Dios— y que ya no me puede con ningún dejo de ludopatía.
Hoy me sirve para recrearme, como debe ser jugado el juego.
Pasearé como última actividad del día con mi juguito Tang y mi pucho, desde la comodidad de mi casa, en lugar de andar por casinos reales con esa energía densa que tienen.
Sin excesos, sin riesgo, sin culpa.
Solo como cierre ritual de un domingo que se armó solo.
Y ahora, sin despedirme de nadie, sin anunciar nada, sin pedir permiso,
me voy a la calle a festejar con el resto de los hinchas.
Me voy a ver el folklore de Pueblo Alberdi.
A sentir el pulso del barrio.
A celebrar esta vida definitiva que por fin se está acomodando.
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