miércoles, 13 de mayo de 2026

Peregrinar — El adolescente sagrado y la doncella bárbara

 


Desperté a las 10 de la mañana, después de haberle hecho una promesa al Sagrado Corazón:

levantarme apenas abriera los ojos, sin entregarme a la tristadera.

Cumplí.

Y al despertar, encontré un mensaje de Nadia.
Le conté cómo venía durmiendo: desregulado, sí, pero sin euforia, más bien en un descenso necesario.
Ella respondió con su estilo —consejo no pedido, pero siempre desde el afecto— y en ese intercambio apareció algo que necesitaba contarle:
el sueño que tuve alrededor de las 7 am.

En el sueño veía a Jesús, pero no al Jesús solemne de los cuadros.
Era un principito adolescente, impecable, luminoso, con esa pureza que todavía no conoce la herida.

Y junto a él, una doncella bárbara: fuerte, guerrera, hermosa en su crudeza, pero con una femineidad primitiva, sin forma, sin cultura, sin pulido.

En un momento ella se iba a vestir y volvía con medias de red y una ropa que no era vulgar, pero sí salvaje, impropia para una princesa.
Jesús la miraba con ternura —no con juicio— y le decía algo así como:

“¿Sabés que doncella es una princesa?
Esas no son ropas para una princesa.”

Y la llevaba a un lugar apartado, lejos de la multitud.
Allí le hacía aparecer vestidos bellísimos, recatados, elegantes, dignos.
La doncella quedaba encantada.
No perdía su fuerza: ganaba forma.

Y entonces Jesús decía:

“Vamos a morir y resucitaremos en el siglo XXI.”

Me desperté riéndome, pero con la sensación de haber visto algo verdadero.

No era un sueño sobre mujeres.
No era un sueño sobre deseo.
Era un sueño sobre .

Jesús adolescente era mi parte pura, la que todavía no fue crucificada por la vida.
La doncella bárbara era mi parte emocional bruta, fuerte, intensa, pero sin civilizar.
Y la escena no era corrección: era integración.

Mi parte espiritual vistiendo a mi parte emocional.
Mi pureza ordenando mi fuerza.
Mi adolescencia sagrada dándole forma a mi barbarie interna.

Una muerte y resurrección simbólica.
Un renacimiento adecuado a mi vida de hoy.

En medio de todo esto, Nadia me dijo por primera vez “Leandruki”.
Y dentro de mí apareció un nombre que casi había olvidado: Petrus.

Entendí algo:

Los nombres no son identidad.
Son síntomas.

Leandruki es la ternura que recuperé.
Petrus es la roca que volví a ser.

Pero mi Nombre Nuevo no es ninguno de esos.
Mi Nombre Nuevo no es una palabra.
Es un estado.

Es esta frase:

“Soy el que volvió a sí mismo.”

Hoy camino desde esa forma nueva.
No desde la vieja.

Y sigo peregrinando.



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