Ayer, después de varios mensajes que el venezolano —mecánico de la Taunus— casi no me había contestado, decidí hacer lo que correspondía: ir a su taller en persona. Lo encontré lleno de autos, un pequeño ecosistema de motores abiertos y trabajos pendientes. Me dijo que mi último mensaje lo había marcado en verde para no olvidarse de responderme. Un gesto mínimo, pero gesto al fin.
Le expliqué que no era poco lo que yo podía pagar en cuotas, que ya las había calculado y rondaban los $300.000. Me escuchó. Me dijo que este jueves de la semana que viene le escriba o me acerque, así me da un turno definitivo para la semana del 6 de abril.
No fue una epifanía ni un milagro mecánico. Fue apenas un hilo de esperanza. Pero lo recuperé. Y a veces, en la vida del peregrino, eso alcanza para seguir avanzando un metro más.
Cierre ritual
Y así quedó la cosa: un taller lleno, un mecánico que marca en verde lo que no quiere olvidar, y un turno prometido para la semana del 6 de abril. Nada más. Nada menos.
Al salir, hice lo que hace un peregrino cuando recupera un hilo de esperanza: respiré hondo, apoyé bien los pies en el suelo y seguí caminando. Porque a veces el rito es eso: constatar que algo se movió un milímetro… y honrar ese movimiento sin exagerarlo.















