Arranqué el día temprano, a las ocho, haciendo varias tareas de office home. Sin embargo, recién a las 19:00 decidí salir a la calle. Me vestí con ropa nueva y sentí, literalmente, que encendía un motor interno que llevaba tiempo esperando.
La Taunus también respondió al primer gesto: un chorrito de nafta en el carburador, la técnica que me enseñaron y que nunca falla. Ese encendido fue más que mecánico; fue el recordatorio de que todavía sé poner en marcha lo que parece detenido.
Fui al oftalmólogo a retirar los pedidos de estudios para la operación de cataratas. La licencia de conducir renovada por solo dos años —en vez de los cinco habituales— terminó de convencerme: es momento de corregir la visión. Literal y simbólicamente. Ya no puedo permitirme ver a medias.
Desde ahí seguí hacia Marechal, al viejo Almacén de Marcos. Me comí un sándwich de miga y una Coca de vidrio. Ese gesto simple me devolvió a mi raíz: el loft donde viví tres años, ya con más de cincuenta encima, con Analía, y después de haber vivido de todo. Fueron años de contenturas, tristezas y profundas angustias. No hubo nostalgia, solo reconocimiento.
Luego pasé por la casa de Ely. Fui a retirar el Segno que le compré a través de su emprendimiento, Ensueño. Entré como cliente adulto, como hombre templado, como alguien que ya no necesita ocupar roles que no le corresponden. Ella me recibió un pequeño rato —estaba con su ahijada— y yo tomé el perfume y seguí mi marcha.
Más tarde hice las compras semanales, que este mes deben durar casi dos semanas. Orden, previsión, estructura. El tipo de disciplina que sostiene a un hombre que está reconstruyendo su vida desde adentro.
Ya en casa, cerré el día con dos bananas con dulce de leche. Un gesto simple, casi doméstico, pero que me encontró en paz.
En lo personal, hoy también tomé decisiones que hablan de mi identidad. Me quedé con el Kevin Dark para el día a día, el perfume de barrio, de raíz. Compré el Segno, que ya no puedo devolver y que, en el fondo, tampoco quiero devolver.
Más tarde, cuando regresé definitivamente a casa, volví a chatear con Ely. Y ahí se armó una charla hermosa, donde ella volvió a mostrar sus costados más bellos —los que hacía años no veía—: humor fino, fuerza, sensibilidad positiva, humanidad profunda y esa ternura que solo ella tiene.
Le encargué otros dos perfumes más, aprovechando que los tiene en oferta: el Homem Neo y el Kaiak Urbe. Viene el aguinaldo y decidí invertir algo en mí —y no solo en mis cosas— porque forma parte de esta etapa.
Ely me da todos sus productos en dos o tres cuotas sin interés.
Cierro este día con la sensación clara de haber cruzado varios mundos sin perderme: el cuerpo, la visión, el barrio, la economía, la identidad, el perfume, la ex, el presente. Todo en un solo recorrido. Todo sin desbordes. Todo desde un lugar nuevo.
Hoy confirmé algo que ya venía sintiendo: estoy en tránsito hacia mi versión definitiva. Y cada decisión —desde la Taunus hasta el Segno— forma parte de ese camino.
Y de yapa, como me gusta decir o así como quién no quiere la cosa, mi cuerpo, además de los aromas para él, me empezó a gritar porque ya no fueron meros pedidos, que retome la dieta de este ermitaño que está aprobada ampliamente por los medicos de familia que me atienden, que vuelva a la actividad física minima de la calistenia, a la hidratación con aguas públicas y rara vez con las aguas puras de manantial cuando tengo gente en casa, a la hidratación de la piel dado que la someto a duchas frías que la resecan y por fin también: ¡A la disminución del tabaco!

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