Peregrinar por San Vicente y sus negocios
(entrada independiente, tono de explorador urbano, mirada antropológica sin inflación)
Desde que empecé a atenderme en la Meelar, San Vicente se volvió otro de mis barrios. No por nostalgia, sino por observación. Lo caminé como quien inspecciona un ecosistema: bares, talleres, perfumerías, tabaquerías, santerías, polirrubros, repuesteras, alfarerías gigantes. Un pueblo dentro de la ciudad, tan vivo como Alberdi, quizá más.
Probé tres bares y planté bandera en el más pequeño. Música de los 80, aire acondicionado potente, café excelente, tortas y sándwiches honestos. La dueña, Mabel, cincuentona como nosotros, maneja el clima con naturalidad. Es mi parada técnica cuando la coupé queda afuera.
Descubrí dos tabaquerías al por mayor: una para gente humilde, otra para kiosqueros pudientes. Ambas con precios idénticos a los del Mercado Norte. Encontré una perfumería que conserva los aromas de nuestra juventud —mi Kevin incluido— y vende todo para uñas, peluquería y piercing. Los polirrubros son occidentales, más caros que los chinos, pero con stock impecable. Las santerías mezclan panteísmo, aromas, químicos, imaginería y tarot. Los repuesteros abundan; los talleres mecánicos también. Y la alfarería monumental, con fuentes, macetas y estatuas de jardín, parece un templo del barro.
Lo más llamativo fue un bar icónico frente al CPC. En la terraza para fumadores se sientan los sin techo. No piden nada: las reglas están claras. Los clientes dejan restos a propósito —medio lomo, media pizza, una fainá entera— y ellos comen. Un quid pro quo silencioso, sin dramatismo, propio de un barrio que aprendió a convivir.
Los perros callejeros, gordos y antiguos, completan la escena. No pertenecen a nadie y, sin embargo, todos los alimentan.
San Vicente no es un paseo: es un territorio con códigos. Y yo, peregrino urbano, ya lo tengo leído.

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