sábado, 28 de febrero de 2026

Peregrinar por la Clínica Meelar

 Peregrinar por la Clínica Meelar


(entrada independiente, tono institucional‑laico, mirada de inspección adulta)

La Clínica Meelar siempre me generó una mezcla de distancia y curiosidad. No por desconfianza, sino por mi modo de caminar los territorios antes de entregarme a ellos. Ese día fui a la guardia, sin euforia —aunque algunos dijeran lo contrario— y con la sensación de estar entrando a un engranaje más grande que yo.

Me atendieron dos médicas: la jefa y su subordinada. Una decía que yo estaba en euforia; la otra comprobó que no. Entre ambas demoraron una receta que, en condiciones normales, se hace en minutos. Intuí debate interno, jerarquías en movimiento, y un sistema que se revisa a sí mismo.

De esa escena saqué dos certezas. La primera: Daniel Riquelme tenía razón cuando me dijo que ya no estaba solo. Que ahora tenía un equipo. No un médico aislado, sino una interdisciplina completa, 24x7, con guardia, internación, centro de día, rehabilitación, enfermería accesible y geriátrico para casos extremos. Una empresa inmensa, organizada, con recursos humanos de excelencia que se forman ahí y luego se independizan. No esclavos voluntarios: profesionales que crecen.

La segunda certeza fue más íntima: yo había ido, sin decirlo, a inspeccionar si este sistema era digno. Y lo era. Respetaron al pie de la letra las prescripciones de mi médico de cabecera. Solo ajustaron lo necesario hasta el control del miércoles, donde él estaría presente. Eso, para mí, fue honor.

Salí de la Meelar con la sensación de haber hecho una peregrinación laica: caminar un territorio para verificar si es confiable. Y lo es.

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